NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.
Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

viernes, 22 de septiembre de 2017

A propósito del homenaje al Mono Jojoy

Todo Patriota distorsiona la idea de ciudadano.
Un Patriota suele terminar siendo el títere preferido de un señor de la guerra.
Detrás de la construcción de Héroes, están el discurso del poder y el imaginario infantil con el que se insiste en la idea de superhombre

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El homenaje que rindieron dirigentes y miembros de las Farc (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) a su comandante Jorge Briceño (alias el Mono Jojoy), corresponde a un hecho íntimo, entendible y comprensible desde la lógica de aquellos que combatieron juntos al Estado durante largos 50 años de conflicto armado interno. 

Para los miembros de la ex guerrilla Fariana, el Mono Jojoy[1] es un combatiente y hasta un Héroe, y como tal lo van a recordar siempre, independientemente de lo que digan los restantes miembros de la sociedad colombiana. Así entonces, no debería de ser motivo de polémica que las Farc quieran recordar a quien sirvió a su causa que, equivocada o no,  corresponde a la naturaleza política de un largo y degradado conflicto armado interno.

La polémica que se registra en las redes sociales y que recogen varios medios masivos hace parte del actual ambiente de crispación y polarización política que vive el país, en torno a la negociación política con la que se firmó el fin del conflicto entre el Estado y las Farc.

El cruce de toda suerte de  improperios y agravios corresponde a la baja cultura política de cientos de miles de colombianos que jamás comprendieron las razones y las circunstancias objetivas e históricas que justificaron, en los años 60, el levantamiento armado y la lucha político-militar de las guerrillas. Lo que resulta curioso es que esos mismos compatriotas que rechazan la presencia de dichas fuerzas insurgentes, son los mismos que legitiman las acciones de guerra de los paramilitares y aceptan como bien supremo, la acción  política y la operación militar que se dio de la mano de agentes del Establecimiento.

En medio de la polémica se señala que el acto de las Farc resulta ofensivo para las víctimas y que se trata, por lo tanto, de una acción re victimizante. Me parece que no. Y es así, en la medida en que ya las Farc en varias ocasiones han pedido perdón a sus víctimas, en los casos de El Nogal (hecho terrorista) y Bojayá, producto de un enfrentamiento entre Paramilitares y miembros de las antiguas Farc. No veo que el acto de recordación del criminal de guerra, alias Mono Jojoy, sea un acto re-victimizante.

Si vamos a aplicar ese mismo criterio, entonces la acción de desagravio que ofreció Álvaro Uribe Vélez  al general Rito Alejo del Río (el “Pacificador de Urabá”), condenado por el crimen del campesino Mauricio López Mena y procesado por paramilitarismo, también debe ser entendida como un acto de re victimización para la familia de López y para todos aquellos colombianos que se vieron afectados por las masacres perpetradas por las AUC, fruto de una documentada y ya probada operación conjunta entre militares y paramilitares.

Ahora bien, que se trata de un acto arrogante y soberbio, por supuesto. Pero es que  así son los guerreros, legales e ilegales: poco les importa lo que piensen sus detractores. Lo que si queda claro es que el homenaje al Mono Jojoy es la prueba tangible de lo difícil y quizás traumático que resulta para los señores de las nuevas Farc, dejar de pensar como combatientes. Están en ese tránsito y  la deferencia hacia Jorge Briceño es prueba de lo difícil que resulta volver a la condición civil.

Todos estos homenajes a combatientes, legales e ilegales, son fruto del lugar preponderante que ocuparon y que al parecer aún ocupan los guerreros en los imaginarios y representaciones sociales de los miembros de una sociedad que se acostumbró a su presencia y operación.

Lo que tenemos que hacer como miembros de esta sociedad indolente y desmemoriada, es re posicionar la condición civil[2], y por ese camino proscribir la admiración hacia aquellos que legal o ilegalmente han empuñado las armas para defender una causa que siempre será discutible.

No por defender al Estado, las acciones de los miembros de la Fuerza Pública se dieron en el marco de la ética, la mística militar y el respeto a los DDHH y al DIH. Dentro de la Fuerza Pública hay Héroes de Fango[3]. Y de igual manera, no podemos defender de buenas a primeras a quienes desde la ilegalidad, Paras y Guerrillas, perpetraron todo tipo de delitos, crímenes de lesa humanidad y daños a la población civil.  Al final, es claro que dentro cada ejército, legal o ilegal, siempre encontraremos combatientes con el talante del Mono Jojoy y Rito Alejo del Río, el General Santoyo y el resto de oficiales responsables, por ejemplo, de los mal llamados “falsos positivos”.

Lo que debemos hacer como civiles es dejar de llamar Héroes a los combatientes legales o ilegales. Y no olvidemos que la guerra es el escenario perfecto para la estupidez humana. Por ello siempre estará presente. Como tampoco podemos olvidar que en la guerra las primeras víctimas son la inteligencia y la verdad. Y dos reflexiones finales: por más justa que sea la causa del guerrero, éste siempre encarnará la posibilidad de violar los derechos humanos. 

Y no dejemos de recordar que la Gran Prensa siempre nos presentó, en lugar de seres humanos caídos en combate,  Trofeos de guerra[4], en especial cuando los asesinados o caídos en combate militaban en las antiguas Farc. Y las mismas empresas mediáticas son responsables de los procesos de heroización[5] que echaron a andar para favorecer la imagen de la Fuerza Pública y por esa vía, defender al Establecimiento. Paz en la tumba del criminal de guerra.




El monocultivo de la caña de azúcar


Por Germán Ayala Osorio, estudiante del Doctorado en Regiones Sostenibles[1]

En una columna anterior señalé que el monocultivo, como experiencia agrícola, constituye una acción transformadora económicamente rentable, para unos pocos, y por eso, viable y quizás perenne en el tiempo;  en cuanto a lo social, el monocultivo resulta controvertible y controvertido en la medida en que genera y exacerba conflictos sociales; y desde una perspectiva ambiental, esa misma práctica y experiencia agrícola resulta evidentemente “no ecosistémica”, dado que el mismo monocultivo deviene con un carácter artificial[2], con el que se invalidan relaciones y conexiones consustanciales y valiosas.  

Ahora, en este texto, vuelvo sobre el mismo asunto, pero esta vez particularizando en el cultivo de la caña de azúcar. Sobre esta gramínea señalo que es la negación de lo ambiental desde una perspectiva socio-ecosistémica. Es decir, este monocultivo es una “deformidad paisajística” en la medida en que enrarece el goce visual, haciendo que quien recorre en vehículo el Valle del Cauca, encuentra un paisaje, desde el punto de vista mental, agotador y fatigante para quien busca variedad o está acostumbrado al  deleite de paisajes variados en los que “conviven” biomas,  y diversidad de cultivos;  así mismo, la plantación de caña de azúcar es un particular sistema emergente (artificial), que se yuxtapone  a las relaciones, conexiones e identidades que fluían funcional y estéticamente dentro de territorios ocupados desde otras lógicas y símbolos.

Ahora bien, como ejercicio intelectual, en esta oportunidad hago una extrapolación conceptual de la categoría del No lugar propuesta por Marc Augé, para señalar que el monocultivo de la caña de azúcar genera No lugares, en el sentido en que los territorios ocupados por esta plantación devienen profundamente ahistóricos, deshumanizados, deshumanizantes y con el enorme poder de tachar las huellas relacionales-ambientales, las identidades y la historia misma de las territorialidades que desplazó y que fueron construidas y recreadas por comunidades que, asentadas de tiempo atrás, debieron abandonar sus territorios y el sentido mismo de sus vidas, para que estos quedaran debajo del trabajo mecánico de las recolectoras de caña,  o pisoteadas por las dominadas y enajenadas pisadas de los corteros.

En las tierras y territorios que hace años ocuparon comunidades afrocolombianas e indígenas y en los que hoy solo hay caña de azúcar, brotaban territorialidades propias de un ejercicio de apropiación espacial, resultado de ejercicios simbólicos con los que el territorio lograba ser transformado y convertido en un constructo social, asociado y conectado a cosmovisiones propias de las comunidades negras y los pueblos indígenas.

Con la llegada de los ingenios azucareros y la expansión del monocultivo, se negaron y se fracturaron las territorialidades construidas históricamente, a través del despojo o procesos de compra, resultados de presiones de todo tipo.  La premisa que guiò los ejercicios de ocupación y despojo, estaba asociada a una racionalidad económica con la que se calificó como improductivos los procesos agrícolas emprendidos por dichos grupos humanos.  Con este mismo principio, se afectaron cuerpos de agua, como humedales, madres viejas y meandros, considerados como obstáculos a la idea de desarrollo sobre la que se sostenía el interés de promover ese tipo de plantación.

Digamos entonces, que la imposición de dicha racionalidad abrió el camino para la consolidación de los No Lugares de los que habla Augè.  Esto es, lugares que, vaciados de sentido simbólico comunitario, quedaron a merced de las lógicas de máximo aprovechamiento, a través de la negación, por ejemplo, de principios de rotación de cultivos y de relaciones de inmanencia.

Lo contario a un No lugar, según Augé, es el lugar de la identidad, de lo relacional y de la historia. De allí que el monocultivo de la caña de azúcar se erija, en una triple perspectiva, en un cultivo que expresa la máxima capacidad humana para fragmentar y dominar territorios  y ecosistemas que sobrevivían bajo condiciones de interacción y conexiones naturales;   en una segunda perspectiva, este monocultivo se presenta como un dispositivo socio cultural capaz de empobrecer identidades o de reducirlas a partes inconexas, que gravitan en diáspora hasta ser olvidadas por la historia oficial; y en una tercera perspectiva, la caña de azúcar constituye un paisaje artificial, homogéneo y monótono que bien puede dar cuenta de las bases ideológicas, los sentires y las formas particulares de representación del espacio, de quienes lo agenciaron y lo impusieron como una variable importante para alcanzar un determinado desarrollo económico y con éste, adentrar al país a estadios de modernización.  

En sus palabras, Augè sostiene que: “Si un lugar puede definirse como un lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como  espacio de identidad ni como relacional, ni como histórico, definirá un no lugar… la sobre modernidad es productora de no lugares, es decir, de espacios que no son en sí  lugares antropológicos y que, contrariamente a la modernidad baudeleriana, no integran los lugares antiguos: éstos, catalogados, clasificados y promovidos a la categoría de lugares de <<memoria>>… El lugar y el no lugar son más bien polaridades falsas: el primero no queda nunca completamente borrado y el segundo no se cumple nunca totalmente: son palimpsestos donde se reinscribe sin cesar el juego intricado de la identidad y de la relación[3]

La caña de azúcar, entonces, como monocultivo y los ingenios azucareros como agentes de poder económico y político, convirtieron el Valle del Cauca, por ejemplo, en un enorme palimpsesto en el que  anteriores territorialidades fueron borradas y remplazadas por otras que, a pesar de devenir empobrecidas ambiental, relacional e identitariamente, logran sobrevivir por la fuerza del capital, el debilitamiento de procesos comunitarios por el uso de la fuerza coercitiva y en varias ocasiones con el uso de la violencia.

En la historia del cultivo de la caña de azúcar se destacan elementos y circunstancias económicas, ambientales, sociales y políticas que dan cuenta del lugar que dicho cultivo fue ganando en Colombia y en particular en el Valle del Cauca. Dentro de la lógica de la historia oficial, profundamente acrítica, historiadores como Oscar Gerardo Ramos, recrean momentos de la llegada y la consolidación de la caña de azúcar, en estos términos:

 “…Al entrar el siglo XVII la cañadulce en el Nuevo Reino de Granada se había extendido por las más diversas comarcas, planicies, vallejuelos, laderas y ascendido desde la costa hasta pisos térmicos de 2.000 m… la cultura cañamelera tenía un carácter industrial, entendido como la incorporación ordenada de conocimientos agrológicos y técnicos conducentes a obtener resultados económicos debidamente contabilizados. Y lo que era también importante, los terratenientes gozaban de una inserción clara en los centros de poder político… La oferta azucarera colombiana fue de 743.974 Tn. en 1971, y aumentó casi el 49%, hasta 1.107.268, en 1979…Entre 1980 y 1988 la oferta azucarera colombiana sufrió altibajos. Apenas hubo un crecimiento agregado del 9,5%. Hacia 1989 la industria contaba con 154.402 Ha. de cañadulce, que producían 1.523.323 Tn. de edulcorante. De las primeras, 56.768 (el 36,8%) pertenecían a los 11 ingenios integrados en ASOCAÑA, y las 97.634 restantes (el 63,2%) a 995 cultivadores independientes. Con el paso del tiempo, por tanto, aumentó la proporción de tierra propiedad de estos últimos…Desde la década de 1970 se había venido quemando la caña antes de la cosecha. Como las comunidades expresaran inconformidad frente a esa práctica, particularmente en el área de Palmira, se llegó finalmente a un acuerdo entre ellas, el Ministerio del Medio Ambiente, las Corporaciones Autónomas Regionales del Valle, Cauca y Risaralda, ASOCAÑA y sus afiliados, denominado Convenio de concertación para una producción limpia con el sector azucarero que comprometía a ingenios y cañicultores a determinadas acciones de protección ecológica en períodos de tiempo razonables. Además, en 2001 se estableció por ley la oxigenación de las gasolinas con alcohol carburante en las ciudades de más de 500.000 habitantes y en sus áreas metropolitanas (Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Cartagena, Cúcuta, Bucaramanga y Pereira) … En los albores del siglo XXI hay sembradas en el Valle del Cauca 205.000 Ha. de caña para elaboración de azúcar, soporte económico y orgullo de la región. La oferta de sacarosa fue en 2003 de 2.645.833 Tn. crudas, de las que se exportaron 1.287.256. El campo está mecanizado en gran parte, las fábricas automatizadas y la administración informatizada…”[4]

Dejando de lado la historia oficialista de la caña de azúcar, su consolidación como plantación no solo modificó y transformó los frutales que describiera en su momento el cronista Pedro Cieza de León, sino que hizo que la seguridad alimentaria del departamento quedara reducida o  circunscrita a depender de otros lugares dentro de la propia comarca y por fuera de esta. Además, transformó la vida de campesinos, indígenas y población negra.

Al final, se trata de un cultivo en el que desaparece la noción de campesino. Se trata de un proceso productivo que arrastra viejas relaciones de dominación tanto de seres humanos, como de la propia naturaleza, y que deja como resultado la valoración de la tierra como un mero sustrato, y procesos de desterritorialización de aquellos grupos humanos que no pudieron soportar la fuerte presión que ejercieron los agentes de poder que rápidamente confluyeron en una industria que arrastra impagables deudas socio ecosistémicas y culturales.





Imagen tomada de www.youtube.com


[1] Universidad Autónoma de Occidente.

[3] Augé, M. Los No lugares, espacios del anonimato, una antropología de la sobremodernidad. Editorial Gedisa. 1992. P. 44-45.

[4] Ramos Gómez, Oscar G. Caña de azúcar en Colombia. Revista de Indias, 2005, vol. LXV, núm. 233 Págs. 49-78. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

¿Viajo o no viajo?

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

La ciudadana Juliana Hernández, esposa del político Alfredo Ramos Maya, cuyo padre fue investigado por parapolítica, usó las redes sociales para rechazar la presunta presencia de “un guerrillero de las Farc”, en el mismo vuelo en el que ella viajaría. Véase la historia en este enlace de la revista Semana (http://www.semana.com/nacion/articulo/el-hombre-al-que-senalaron-de-guerrillero-en-un-avion/541074 )

Lo sucedido tiene dos ámbitos desde los cuales se puede hacer algún tipo de análisis crítico: el primer ámbito posible es el de la posverdad[1], estadio en el que al parecer se mueve la ciudadana indignada, dado que reacciona, de manera violenta, ante una información no confirmada. Al final, quedó claro que el señor Fabio Vinasco es un ciudadano que jamás militó en las antiguas Farc y mucho menos, por lo menos por ahora no se ha demostrado que haga parte de las nuevas Farc.

El segundo ámbito tiene que ver con un error mayúsculo en el que incurre la señora del senador Alfredo Ramos, al momento de señalar que “hay un guerrillero de las Farc en un avión”. A la ciudadana en cuestión hay que recordarle que hay unas nuevas Farc (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común), lo que le impide a ella y al resto de nacionales advertir sobre la “presencia de guerrilleros” en espacios públicos o privados, por cuanto hoy solo hay ex combatientes, ex guerrilleros, desmovilizados, reinsertados o reincorporados. Allí tiene varias nomenclaturas que puede usar la señora Hernández para exclamar, rezongar, gritar, vociferar o gruñir sobre la presencia de un miembro del partido político, Farc[2].  

La violenta reacción, fruto de la intolerancia, el odio y la animadversión que siente y expresa la señora Hernández hacia los miembros de las Farc (antiguo grupo armado  ilegal), al parecer le sirve para esconder esa realidad política que tanto molesta a los círculos sociales  simpatizantes  con la raída bandera de la guerra y la seguridad democrática, que se agitan con inusitada fuerza desde la micro empresa electoral, conocida como  Centro Democrático; círculos al que muy seguramente ella hace parte.

Lo sucedido deja entrever lo difícil que resulta para sectores de poder social y político aceptar que un Gobierno, elegido democráticamente, en representación del Estado y con la bandera de la Seguridad Democrática, y muy seguramente con los votos de miembros de ese círculo social afecto al Centro Democrático y a las ideas de su propietario,  negoció el fin del conflicto armado con la guerrilla de las Farc.

Y como los miembros de dicho sector de la opinión y de la sociedad suelen declararse Patriotas[3] (o mas bien son Patrioteros), huelga recordarles que al hacerlo, están defendiendo el orden social establecido, el régimen político y el conjunto de instituciones que conforman el Estado. Así que, mal hacen al rechazar una negociación política que se hizo en nombre del Estado y peor daño harán si logran “hacer trizas ese maldito papel que llaman el Acuerdo Final”, que es el objetivo político-electoral del Centro Democrático. 

Por ello, deben entender que con esas posturas están desconociendo la autoridad y la legitimidad del Estado[4] colombiano para implementar lo que se acordó en su nombre en La Habana y garantizar la paz, elevada constitucionalmente al carácter de derecho. Por ese camino y contradictoriamente, estarían haciendo el mismo trabajo político que las antiguas Farc hicieron durante más de 50 años: desconocer al Estado y atacar sus instituciones. En este caso en particular, por atacar al Gobierno de Santos, terminan por desconocer la legitimidad de los poderes públicos comprometidos en la firma del Acuerdo Final.

La reacción de la ciudadana en mención resulta de una especie de simbiosis entre una lectura de clase y de una suerte de “incontrolable animadversión simbólica”; de la primera, se desprende el poder que cree tener la señora Hernández, por su condición de esposa de un reconocido político, para advertir a la tripulación de un vuelo, de la presencia un ciudadano que no es digno de compartir ese mismo espacio, de allí que advierta, grite y “amanece” con no entrar y compartir ese vuelo; de la segunda, se desprende un odio visceral contra un símbolo político que, situado en una gorra y convertido en un simple  “suvenir o souvenir”, le recuerda que fue Cuba uno de los países garantes de la negociación entre el Gobierno de Santos y la cúpula de las Farc.

Mal ejemplo el que terminó dando la señora Hernández. Si le parece terrible e inaceptable compartir un vuelo con un reincorporado de las Farc (de las antiguas), está en su derecho de no hacerlo; pero armar una escena, con repercusiones mediáticas, solo deja entrever un estado de alteración soportado en un odio visceral que le impide asumir las responsabilidades políticas que como ciudadana y sujeto histórico tiene, para entender las razones y las circunstancias en las que se dio el levantamiento armado de las guerrillas en los años 60. Si no es capaz de entender y comprender ese momento histórico y menos aún es capaz de valorar, desde una ética ciudadana, las dimensiones y el enorme significado que tiene haber puesto fin a un degradado conflicto armado interno, entonces la señora Hernández desconoce su propia condición de ciudadana. Y le recuerdo que el Estado es responsable de lo sucedido en 53 años de guerra interna, por acción u omisión.  El mismo Estado que al parecer, la ciudadana Hernández está  dispuesta a desconocer.

Ojalá los problemas del país y de todos los colombianos en estos momentos se pudieran reducir a la disquisición en la que cayó la señora Hernández: ¿viajo o no viajo?

Me pregunto ¿cuál sería la reacción de la señora Hernández de Ramos si en otro vuelo y por la misma vía de la posverdad, le llegara información que le indicara de la presencia de un Paramilitar (ahora mismo, serían ex Paras)? ¿Haría lo mismo en las redes sociales? Se abstendría de viajar y compartir el vuelo con el miembro - ex miembro- del grupo armado ilegal que perpetró, en mayor número y en peores condiciones de sevicia y maldad las más sangrientas masacres? Y para terminar, le recomiendo que lea el informe ¡Basta Ya!




viernes, 15 de septiembre de 2017

Politizar la maternidad

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El mundo, desde una perspectiva histórica, deviene profundamente masculino. En disímiles relatos y en las historias de poblamiento a lo largo y ancho del planeta, aparece la figura dominante del Gran Macho, y al tiempo, la del Héroe, con la que se reconocía la valentía, arrojo, intrepidez, fuerza y el esfuerzo de Hombres en las guerras o en procesos de dominación de la Naturaleza.

En esos procesos históricos, posteriormente ideologizados y politizados por el discurso de la Modernidad, no solo el medio ambiente sufrió los embates de una racionalidad masculina violenta, hegemonizante y avasallante, sino que la Mujer, su cuerpo, su feminidad y su inteligencia, padecieron la imposición de una forma de estar en  el mundo promulgada desde ese tipo particular, pero universalizante,  racionalidad masculina.  Baste con recordar lo sucedido con la aparición de las Brujas, para entender lo miedos del Hombre, del Gran Macho, ante la inteligencia de la Mujer.

El cuerpo de las mujeres es la tercera colonia, aparte de los Estados  colonizados  y la naturaleza  sometida”. La frase de Maria Mies, eco feminista alemana, no solo recoge lo sucedido en el mundo gracias a la imposición  del relato del Gran Macho, sino que me permite introducir un asunto que de tiempo atrás me da vueltas en la cabeza: la imperiosa necesidad hoy, de politizar la reproducción humana, dados los efectos ambientales que el ser humano produce en la Naturaleza,  y la entronización de la pobreza[1], entre otros efectos que genera la compleja condición humana.

Entiendo por politizar la reproducción,  en términos de las condiciones de libertad que deben tener todas las mujeres en el mundo para  decidir cuándo ser madre, el número de hijos, las condiciones para concebirlo, cuidarlo durante el embarazo y finalmente, el ejercicio mismo de la maternidad posparto. O por  el contrario, la misma libertad para decidir no tener, no reproducirse.

La lucha no es solo contra los “impulsos” o “llamados” que  su condición de dadora de vida le hace a la Mujer, sino con todo  lo que social, cultural y religiosamente se ha construido en torno a la obligación de reproducirse para mantener la especie o alcanzar los niveles de satisfacción, producto, claro está, de una construcción social emanada desde el discurso masculino.

Las actuales crisis socio ambientales y anteriormente las guerras mundiales y disímiles conflictos armados  internos y otras formas de violencia física, se erigen como circunstancias objetivas que posibilitan el inicio del proceso de politizar la maternidad. Y para hacerlo, hay que cuestionar con firmeza el mundo artificial que el ser humano- en especial el Hombre, desde la perspectiva de género- ha creado, en virtud del sometimiento de la Naturaleza y de la Mujer.

Educar a las Mujeres para que hagan de su cuerpo y de la maternidad un asunto político debería de ser la apuesta de un nuevo feminismo que confronte las lógicas con las que hoy se insiste en dominar y transformar la Naturaleza y continuar sometiendo a la Mujer al proceso de cosificación, logrado a través de dispositivos como la publicidad y de instituciones como la Iglesia, que les inculca a las Mujeres el “sagrado deber” de la reproducción, la familia y la sociedad en general.

Baste con recordar el número de hijos que nuestras abuelas (para el caso, mi abuela materna tuvo 11) parieron para darnos cuenta de que se trató, en muchos casos, de relaciones sexuales no consentidas, fruto de un contexto cultural e instituicional de dominación y de sometimiento. Y baste con recordar las frases de muchos hombres con las que daban cuenta de sus miedos a la inteligencia de la Mujer: “le hago un par de hijos con eso hago que se queda en casa”.

El actual modelo de desarrollo y las condiciones socio culturales en las que opera hoy la sociedad, el Estado y el mercado, necesitan sufrir serios procesos de confrontación política. Y el primer paso es politizar la maternidad, esto es, llevar el asunto de la reproducción y el mantenimiento de la especie a un diálogo en el que se reconozca a la Mujer el poder de decidir si desea o no ser Madre.

Quizás, entonces, a la búsqueda de alternativas al desarrollo, y a propuestas como el decrecimiento económico, entre otras que se dan por la toma de conciencia de los daños ambientales que hemos producido como especie,  hay que sumarle la politización de la maternidad.




jueves, 14 de septiembre de 2017

En Contra de…


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

De cara a las elecciones de 2018, el país político afronta el reto mayúsculo de trazar renovados compromisos éticos, que hagan posible proscribir el Todo Vale [1] y el ethos mafioso [2]que sostuvo a esa práctica social que los colombianos interiorizaron durante y después del periodo presidencial 2002-2010. La misma práctica social que se estableció y se institucionalizó, por ejemplo, en altas cortes, como la Corte Suprema de Justicia y la Corte Constitucional.

Como en otras jornadas y escenarios electorales, los colombianos se alistan a votar en Contra de… Al tener que votar en Contra de…, los electores pueden optar por elegir sin conocer a fondo las propuestas de aquellos que se auto proclaman como opciones dignas, bien para dar continuidad al orden establecido, o para darle un giro a la  lógica con la que el Establecimiento viene operando de tiempo atrás.

Para infortunio del país, nuevamente estamos convocados a votar en Contra de…, lo que de inmediato supone un nivel de polarización política y por lo menos, dos ideas de países que se enfrentarán en las urnas. De un lado, estarán quienes ejercerán el derecho de elegir, votando en Contra  de  Vargas Lleras, Ordóñez Maldonado o del que diga Uribe. O quizás, en segunda vuelta, en Contra de la unión de estos políticos mesiánicos y profundamente populistas y clientelistas. 

Por ese camino, la propuesta de coalición entre  sectores  “progresistas” define claramente el objetivo: impedir que lleguen a la Casa de Nariño (o de Nari), el que diga Uribe; frase que expresa la fórmula de reciclaje de quien cree aún, tozudamente, que el país lo necesita, como alguna vez lo consideró Malcom Deas[3] y cientos de millones de colombianos obnubilados por su discurso patriótico (realmente, patriotero) y engañados por la Gran Prensa que durante ocho años ocultó, validó y legitimó[4] la penetración paramilitar en el Estado; o el propio Vargas Lleras, quien desde las entrañas del Establecimiento y por derecho natural, participará de las elecciones solo para comprobar el carácter determinista con el que cree él y sus seguidores, viene investida su vida dado su “linaje” asociado al ejercicio del poder político.

Del otro lado, estarán los seguidores del ex vicepresidente del gobierno de Santos y del senador del Centro Democrático, que harán lo propio, es decir, votar en Contra de Gustavo Petro, Claudia López, Sergio Fajardo o Humberto de la Calle.

De esta forma, unos votarán a favor de una idea clave: tratar de cambiar en algo las circunstancias contextuales hegemónicas que han permitido  la reproducción de las condiciones en las que opera un Establecimiento que deviene ilegítimo, criminal y corrupto como el colombiano; del otro lado, irán a las urnas aquellos grupos de poder que de manera decidida buscarán mantener el statu quo, en especial porque no aceptan implementar  lo que se negoció en La Habana, dado que ello  implica modificar co-relaciones de fuerza en el sector rural, que abarca amplios territorios y en los que justamente se expresan la mezquindad de la élite dominante, la inequidad del desarrollo económico; así como la irresponsabilidad de una política minero-energética pensada solo desde una racionalidad económica que poco o nada atiende los llamados de ambientalistas y de los científicos alrededor de la necesidad de conservar  o de aprovechar de manera razonable los recursos naturales y los servicios ambientales (ecosistémicos) que prestan diversos, frágiles y estratégicos ecosistemas.  

Por lo anterior, vuelvo e insisto en que las elecciones de 2018 serán claves para el país: los habilitados para votar tienen dos únicas opciones: o votan para intentar cambiar y modificar lo que ha funcionado mal por tanto tiempo; o por el contrario, sufragan para que todo siga igual. Eso sí, esta segunda opción se presenta mimetizada en dos  ideas: la primera, la de retomar el rumbo, sin que se advierta que ello significa regresar al oscuro y aciago pasado de la Seguridad Democrática.  Y la segunda idea, está recogida en el eslogan de Mejor Vargas  Lleras, que deviene en una suerte de correlato de lo acaecido entre 2002-2010 en Colombia, sin que se nos advierta que con Vargas Lleras, puede ser mucho peor.  


Adenda: ¿qué busca la DEA y quizás otros organismos de investigación o agencias norteamericanas al filtrar, ad portas de un escenario electoral, las pruebas recolectadas en contra de magistrados y ex magistrados de la Corte Suprema de Justicia? ¿Acaso, generar una crisis institucional que nos lleve a una peligrosa Asamblea Nacional Constituyente?


Imagen tomada de revista Semana

viernes, 8 de septiembre de 2017

La refrendación del Papa

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

La visita del Papa Francisco a Colombia tiene un enorme significado político. No se trata exclusivamente de un asunto religioso, con miras a mantener enlistados y re aconductados a los millones de feligreses colombianos que siguen la doctrina católica. Por el contrario, estamos ante una “refrendación político-espiritual” del Acuerdo Final, a cargo del Sumo Pontífice.

Santos, como ajedrecista, puso a jugar al Papa a favor del Acuerdo Final. La derrota  electoral y política, ocurrida el 2 de octubre de 2016, lo “obligó” a postergar la bendición papal. Hoy, cuando las Farc como guerrilla desaparecieron y hoy son un partido político, y el ELN parece comprender el momento histórico por el que atraviesa el país, la llegada del Sumo Pontífice deviene cargada de ese carácter plebiscitario que se necesita para construir y consolidar escenarios de paz.

En sus intervenciones, el Vicario de Cristo no solo le habló a sus pastores, sino que envió mensajes, un tanto cifrados, a aquellos que desde el poder político han insistido en extender odios y venganzas en un país que se ha construido sobre esa mezquina y atormentada razón de vida; en sus palabras, Francisco llamó la atención a aquel que, engañado,  “esgrimió alguna equívoca concepción de Estado”. No vale la pena nombrar al destinatario de dicho mensaje.

Es posible que su mensaje pastoral  llegue a cientos de miles de colombianos que necesitan y esperan a que personajes como el Papa, les diga qué camino coger y qué decisión tomar. Habrá otros cientos de miles o quizás millones, a los que el mensaje del líder religioso no les llegará. Por el contrario, el discurso del Papa, escuchado bajo el lente ideológico del “castro-chavismo”, los animará a promover el odio, la polarización política, la venganza y todos aquellos sentimientos con los que buscan llevar al país al  barranco de la frustración, por no haber podido construir una paz estable y duradera. Estoy seguro de que su mensaje de reconciliación no logrará permear las tozudas y equívocas posturas de aquellos que insisten en hacer trizas ese maldito papel que llaman el Acuerdo Final y mantener, por esa vía, las condiciones de un Establecimiento que insiste en  extender los históricos privilegios para unos pocos, en detrimento de las condiciones de  vida de millones de compatriotas que sobreviven en oprobiosos suburbios, sin Dios y sin ley.

Como líder político, el Santo Padre usa su investidura para promover sus ideas y la postura crítica hacia un orden político y económico que no solo agrede a los ecosistemas naturales, sino que hace miserable la vida de cientos de millones de habitantes a lo largo y ancho del Planeta. Francisco es crítico del desarrollo, de la concentración de la riqueza en pocas manos, aunque guarda cómplice prudencia alrededor de sus pastores pederastas y pedófilos.

Sin embargo, y a pesar de la sangrienta historia de la Iglesia Católica, Bergoglio llegó a Colombia no solo a refrendar el Acuerdo Final, sino a proponer un camino distinto para un país agobiado por la mezquindad de una clase empresarial y política, tan sucia, cicatera y criminal como los actores armados que se enfrentaron durante largos 53 años de guerra.

Recomponer el camino es la idea que deja el Papa Francisco. Y eso implica, tener la grandeza de querer pasar las páginas de este largo y degradado conflicto armado interno. Insisto en la duda que me asiste de que ocurra algo trascendental en esta Colombia que de manera selectiva y ciega, sabe escoger a quién odiar, mientras mantiene los privilegios de aquellos- unos pocos- que han hecho todo para hacer invivible este país.  

Qué bueno sería que las víctimas de los Paras, de las guerrillas y las del propio Estado, aprendieran de Héctor Abad Faciolince, quien supo y pudo escoger el camino de la escritura, para “vengar” la muerte de su padre, a manos de los sempiternos paramilitares. Y qué bueno sería, que millones de víctimas proscribieran la venganza como sentimiento y camino para hacer catarsis por el dolor que las guerrillas les produjeron. Y mejor aún sería para el país, que nadie más buscara  llegar al  poder del Estado, para desde allí, poner al servicio de sus objetivos de venganza, todo el poder represivo y coercitivo de esa forma de dominación.

Para que el discurso del Papa logre colarse por la dermis de cientos de miles de colombianos, se requiere de una sólida formación ciudadana. Y quizás allí esté el gran obstáculo para transformar los espíritus contaminados por el odio y la venganza: aquí hay más feligreses que ciudadanos. Y eso no es culpa del Papa Francisco, pero si de su Iglesia y de sus pastores que hace rato le vienen haciendo el juego a las cicateras élites de poder económico, político y militar, al mantener controlados a sus domesticadas  ovejas.

Santos hizo lo que el Establecimiento le permitió: firmó el fin del conflicto armado con las Farc. El Papa hizo lo propio: vino, habló y entregó el mensaje de la reconciliación. Ahora el turno es para los que odian. Y eso incluye a los “trizadores” y a periodistas influyentes que usan los micrófonos para perpetuar sentimientos de odio y venganza. Ojalá a estos estafetas les llegue el mensaje de Bergoglio.



Imagen tomada de Elespectador.com 

martes, 5 de septiembre de 2017

Disquisiciones sobre el Monocultivo

Durante varios años hemos conocido, compartido y escuchado críticas muy fuertes contra la práctica del monocultivo, en particular, contra la caña de azúcar, el café y recientemente, la palma africana; todos, cultivos amparados en la legalidad y en una institucionalidad presta a modernizar lo que supone “atrasado” o “pre moderno”; y en la ilegalidad,  encontramos a la marihuana, la coca y a  la amapola.

La disquisición que aquí se propone no busca proponer alternativas, solo busca, en un ejercicio del pensamiento, reflexionar alrededor de algunos de los sentidos o perspectivas desde las que podemos comprender el lugar, simbólico y físico, que tiene dicha práctica en un país catalogado como biodiverso y culturalmente diverso. 

Así entonces, señalo que el monocultivo, como experiencia agrícola, constituye una acción transformadora económicamente rentable, para unos pocos, y por eso, viable y quizás perenne en el tiempo;  en cuanto a lo social, el monocultivo resulta controvertible y controvertido en la medida en que genera y exacerba conflictos sociales; y desde una perspectiva ambiental, esa misma práctica y experiencia agrícola resulta evidentemente “no ecosistémica”, en el entendido en que el mismo monocultivo deviene con un carácter artificial.

Declaro al Monocultivo como una negación ambiental en el sentido en que borra conexiones, funciones y relaciones ecosistémicas. Y por ese camino, modifica sustancialmente paisajes sobre los cuales diversas comunidades establecieron, muy seguramente,  vínculos culturales y por tanto, unas emocionalidades sobre las que pudieron soportarse primigenias ideas alrededor de lo sustentable, entendido este vocablo, como el resultado de una relación inmanente entre seres humanos y los ecosistemas que el monocultivo aniquiló durante su proceso de “instalación”.

Además, el Monocultivo recrea una nueva estética que aleja al ser humano de la posibilidad de contemplar la variedad de plantas y animales que compartían y coexistían antes de su llegada. Eso sí, hay que decir que esta nueva estética, muy particular por cierto, no solo resulta diametralmente opuesta a la que de forma natural expresaron los pobladores cercanos a los paisajes y a los ecosistemas que remplazó el monocultivo, sino que sirve de dispositivo ideológico a procesos más amplios de homogeneización cultural asociados, por ejemplo, a las concepciones de desarrollo y progreso.

Un Monocultivo, igualmente, constituye un “cultivo” en el que la figura del campesino no tiene cabida, porque ya no se necesita: o la máquina lo remplaza o el cortero, viene siendo la imagen pauperizada de ese “viejo campesino”, hoy convertido en trabajador, proletario, operario o jornalero.

El carácter artificial del Monocultivo afianza el poder transformador del ser humano y valida la lógica del sometimiento sobre lo natural (ecosistemas poco transformados), erigiendo a la técnica y al desarrollo, por ejemplo, en materia de mejoramiento de variedades, en deidades que, como faros, aún iluminan a quienes fungen hoy como abanderados del desarrollo agroindustrial y verdaderos jinetes del apocalipsis, si examinamos con cuidado los efectos negativos que dicha práctica agrícola tiene sobre la vida de campesinos, comunidades afrocolombianas y pueblos indígenas.

Al final, el Monocultivo, en cualquiera de sus variedades como el Café, la Caña o la Palma Africana, siempre estará asociado al triunfo de dos tipos de racionalidades, la capitalista y la científica, que se oponen a las racionalidades socio ambientales de aquellos pueblos primigenios que a través de la historia establecieron relaciones inmanentes con territorios y ecosistemas naturales.





Imagen tomada de contextoganadero.com 

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