NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.
Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

miércoles, 16 de agosto de 2017

Pensar Regiones Sostenibles

Por Germán Ayala Osorio, estudiante del Doctorado en Regiones Sostenibles[1]

Colombia enfrenta, desde ya, dos retos mayúsculos: el primero, lograr condiciones que le aseguren niveles aceptables de sostenibilidad socio ambiental en ciudades y en sectores rurales, y en segundo lugar, y como correlato del primer reto, consolidar escenarios de Paz y ojalá, de posconflicto, entendido este último como un escenario de transformación cultural profunda[2]. Estos dos desafíos se entrecruzan desde diferentes ámbitos, en particular en el Regional, dadas las visiones y las acciones de desarrollo emprendidas en regiones y territorios que aún conservan valiosos ecosistemas naturales y que están en camino de consolidar procesos civilizatorios en ecosistemas humanos golpeados por el conflicto armado interno, la presencia no homogénea del Estado, por problemas de convivencia, por factores propios de la economía ilegal y el actuar de grupos armados organizados (GAO) y neo paramilitares[3].

Aunque se comparta una idea generalizada de desarrollismo, el desarrollo desigual de las regiones en el país da cuenta de procesos no homogéneos de construcción de Estado, sociedad y mercado, triada fundamental para comprender  el orden social  y las acciones que se puedan emprender para pensar, diseñar e implementar regiones sostenibles.

La sostenibilidad, desde la perspectiva del enfoque sistémico, permite la confluencia y la convergencia entre ecosistemas naturales y ecosistemas sociales integrados en diferentes escalas (local, nacional y global), históricamente desligados, por el no acercamiento de disciplinas, por un lado, y saberes que apenas hoy  intentan conectarse a través de lo que se conoce como la interdisciplinariedad; y por el otro lado, de políticas socio económicas fallidas o con impactos negativos.

De allí que al hablar de regiones sostenibles, de inmediato hay que poner en operación las variables y los criterios que entran a jugar para dar cuenta de una pretensión y anhelo de un país que no ha sabido administrar ni aprovechar, racionalmente, los recursos de una biodiversidad que se mantiene en pie a pesar de procesos de intervención, transformación y sometimiento de valiosos ecosistemas naturales, cuyos servicios ecosistémicos, en muchos casos, están bajo amenaza por la presión y la injerencia de corporaciones, políticas estatales y usos indebidos por parte de grupos comunitarios.

Pensar Regiones Sostenibles es un ejercicio político, académico, económico y cultural de gran envergadura. No se trata simplemente de invocar la interdisciplinariedad con la que se pretende romper el paradigma que hizo posible desconectar, desde el pensamiento y el ejercicio de la Escuela, la compleja presencia, el devenir del ser humano y el lugar que alcanzó como especie dominante, dentro de lo que se conoce como la cadena trófica. 

Así entonces, subsiste la necesidad de establecer criterios de análisis que, en perspectiva de futuro, permitan pensar la sostenibilidad regional como el camino para transformar o mejorar las relaciones entre el ser humano y la Naturaleza, en especial en aquellos entornos urbanos que superaron con creces los límites de resiliencia de valiosos y estratégicos ecosistemas naturales.

Un primer criterio que se propone para pensar, modelar y quizás establecer Regiones Sostenibles hace referencia a la historia pasada, reciente y actual de las formas relacionales que dentro de una determinada Región se establecieron entre el Estado, la sociedad y el mercado. Esa historicidad deberá dar pistas y patrones comportamentales de los diferentes actores y factores de poder que, asociados a cada uno de aquellos tres estadios (E-S-M), facilitaron, bajo una idea más o menos consensuada de desarrollo y progreso, la transformación de ecosistemas naturales, territorios y paisajes naturales.

Un segundo criterio guarda estrecha relación con la caracterización de los actores de poder que dentro, o fuera del Establecimiento, coadyuvaron a la construcción o de-construcción de lo Público, categoría clave para entender las relaciones establecidas entre el ser  humano y la Naturaleza. En este punto es importante establecer qué tipos de poderes y contrapoderes se establecieron en determinada región[4], y qué tipo de actividades antrópicas y sus efectos, negativos y positivos, se produjeron en determinados ecosistemas naturales.

Un tercer criterio tiene que ver con la caracterización de los ecosistemas naturales intervenidos por las acciones antrópicas, alrededor de su vocación, las condiciones geofísicas, morfológicas, climáticas y las relacionadas con la integridad ecológica. Con dicha información, se pueden facilitar las acciones de mitigación y cambios en la orientación del tipo de desarrollo regional a conocer.

Un cuarto criterio se asocia con la periodización de los procesos de transformación de los ecosistemas naturales de la región definida, estableciendo cortes sincrónicos que permitan en el tiempo establecer patrones de comportamiento, cambios sustanciales y estructurales en ecosistemas, en la calidad de los servicios ecosistémicos que prestó, presta o podría prestar.

Y un quinto criterio está definido por la ética ambiental que emerge de la actual coyuntura socio ambiental, elevada y considerada por Enrique Leff y otros, como una profunda crisis civilizatoria en la que se ven comprometidas las racionalidades científicas, economicistas y ambientales sobre las que aún se soporta el actual modelo de desarrollo y las prácticas extractivas que en particular permiten distinguir al caso colombiano.

Con todo lo anterior, y en medio de los dos retos que debe asumir el Estado y la sociedad colombianas, pensar Regiones Sostenibles se erige como una condición necesaria en la que es posible anclar aquello de la sostenibilidad socio ambiental y la consolidación de paz y posconflicto, en un país cuya élite supo aprovecharse de las diferencias regionales (artificiales y naturales), para justificar su incapacidad para liderar la construcción de Nación, y la consolidación de un Estado moderno capaz de copar todo el territorio y erigirse como un orden moralmente superior a sus ciudadanos, a través de la eficacia que le corresponde como símbolo de poder (eficacia simbólica).

Si los criterios aquí planteados se aceptan, la tarea que sigue es hacerlos operacionales en contextos específicos, es decir, en Regiones establecidas “arbitrariamente”, de acuerdo con  unos o varios  problemas a resolver, a analizar o comprender. 


Imagen del ministerio minambiente.gov.co


[1] Doctorado de corte interdisciplinar ofrecido por la Universidad Autónoma de Occidente de Cali.
[2] Especialmente, por la consolidación de una institucionalidad estatal y privada soportada en un ethos mafioso; también por los efectos negativos que dejó un largo conflicto armado interno y las políticas económicas adoptadas en los años 90.
[3] Grupos de paramilitares que sin el liderazgo político de los anteriores líderes de las AUC, actúan para ocupar los territorios dejados por las Farc, hacerse con el negocio del tráfico de drogas y prestar “servicios sicariales” a empresarios del campo y otros agentes, interesados en evitar el resurgimiento de movimientos sociales con vocación de poder. Esto explicaría el asesinato de líderes sociales, reclamantes de tierras, defensores de DDHH y del medio ambiente.
[4] Aunque se trata de un término polisémico, para efectos de este documento, el concepto de Región estará circunscripto a las necesidades del observador-investigador, quien deberá trazar los límites y el tipo de conexiones que se dieron o que se puedan dar entre espacios geográficos, de los que hacen parte el paisaje (invención social), el territorio, las territorialidades, subregiones, lugares y entornos. 

martes, 15 de agosto de 2017

ELEMENTOS PARA PENSAR REGIONES SOSTENIBLES

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Cualquier actividad, ejercicio académico, científico y/o político que se emprenda para tratar de comprender o explicar fenómenos y hechos socio ambientales, debe pasar, inexorablemente, por el tamiz correlacional que se dibuja cuando expresamos la triada Estado- Sociedad- Mercado.  En esa misma medida, el ejercicio de pensar, diseñar y hasta soñar Regiones Sostenibles debe pasar por todo tipo de reflexiones, investigaciones, análisis y cuestionamientos alrededor de las formas como operan las relaciones entre los componentes de la señalada triada,  así como el carácter, el funcionamiento, el devenir y los alcances, entre otros, del Estado, de la Sociedad y del Mercado.  

Para el primero, debemos reconocer su espíritu, su carácter, eficacia simbólica[1] y situación simbólica[2] con la que  se definen, en buena medida, sus maneras de operar como un tipo de orden legítimo y viable. La tarea que se desprende de inmediato es auscultar la institucionalidad estatal que deviene histórica, pero en buena medida también coyuntural dadas los vertiginosos cambios culturales que viene experimentando la sociedad sobre la que opera, con el objetivo de  controlarla, someterla, guiarla y/o acompañarla en el largo proceso civilizatorio que “justifica” y explica la relación binaria Estado-sociedad. Para el caso de las Regiones Sostenibles, es clave revisar las políticas ambientales y advertir si como orden perenne, el Estado colombiano logró, en el tiempo, tener, ofrecer, aplicar y consolidar una política ambiental capaz de integrar los discursos hegemónicos del desarrollo y el progreso, en aras no solo de dar cumplimiento a compromisos ambientales adquiridos, sino para garantizar la sostenibilidad de los ecosistemas naturales y sociales que comparten sus dinámicas en un mismo espacio geográfico (natural).

Es claro, entonces, que varios elementos y circunstancias se congregan alrededor de esas institucionalidades que hacen parte de la triada Estado-Sociedad- Mercado; y   con ellas  mismas, se buscan explicaciones y se emprenden acciones conducentes a comprender, evitar o mitigar eventos, hechos o fenómenos socio ambientales.  Dentro de esos elementos aparecen la fortaleza institucional, la coherencia diferenciada de los partidos políticos, la cultura política expresada en las urnas, los grupos de poder hegemónico (élites tradicionales, por ejemplo), o “nuevos” que por específicas coyunturas político-electoral hayan alcanzado el poder político estatal y finalmente, los niveles de expresión de lo que llamo aquí un Estado análogo[3].

En cuanto a la Sociedad, señalo como elemento clave para evaluar el funcionamiento y el devenir de la agregación amorfa de individuos y ciudadanos que la constituye, a la cultura dominante y al juego que esta le permite, el lugar que le ha cedido o los beneficios políticos que le aseguran las expresiones y prácticas culturales de lo que varios autores llaman la poscultura. El consumo, la reproducción humana, el individualismo y el antropocentrismo, entre otros elementos, deben mirarse y tenerse en cuenta a la hora de pensar y discutir modelos de regiones sostenibles, soportadas claro está, en una visión sistémica integradora de la vida social, con los ecosistemas naturales.    

Y en lo que refiere al Mercado, señalo como principal característica la producción y la reproducción del capital como objetivo estratégico que hace confluir de un lado, las aspiraciones, deseos y las propias incertidumbres de los ciudadanos presos de lo que les ofrece la poscultura y del otro lado, somete la política y  la institucionalidad estatal al designios de una globalización económica que urge la eliminación de obstáculos, de fronteras y de quimeras como la defensa de la soberanía estatal y popular y por ese camino, el aprovechamiento sin límites, de los recursos naturales y de los servicios ecosistémicos que prestan valiosos y estratégicos ecosistemas.   

Así entonces, pensar y diseñar regiones sostenibles implica de manera clara, la exposición y quizás la disección de cada uno de los componentes de la triada Estado-Sociedad- Mercado. Esta reflexión continúa.




Imagen tomada de ecologiaverde.com


[1] Refiero a la confianza que el Estado genera como actor político en determinados grupos sociales. Para el caso colombiano, propongo, para un análisis crítico  de su funcionamiento y de su eficacia simbólica, la nomenclatura Estado Asimbólico: http://germanayalaosoriolaotratribuna.blogspot.com.co/2017/08/colombia-un-estado-asimbolico.html

[2] Refiero como situación simbólica al momento que vive el Estado como estructura de poner y dominación, en relación con las formas representacionales de sus asociados construyen y comparten alrededor de la legitimidad de su operación, la legalidad de las decisiones adoptadas en particulares instituciones o agentes estatales y en general, de lo que como símbolo de unidad política y faro moral proyecta en los ciudadanos que de manera “natural” han aceptado su autoridad.
[3] Refiero con Estado análogo a esa institucionalidad estatal que si bien cumpliría las mismas y originales funciones políticas y territoriales del Estado, su finalidad sería el diferenciador del Estado. 

jueves, 10 de agosto de 2017

Colombia: un Estado Asimbólico

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El contenido de este texto busca reacciones en los lectores, alrededor de la categoría Estado Asimbólico que se propone para evaluar la acción estatal (histórica) del Estado colombiano. Así entonces, espero los comentarios que a bien tengan hacer aquellas personas que decidan dedicar tiempo a leer este artículo.

Un Estado se considera Asimbólico cuando, por su débil institucionalidad, es incapaz de regular,  guiar y enfocar la vida de quienes comparten un territorio sobre el que teleológicamente busca dar sentido a ideas políticas como soberanía popular y estatal, y moralidad pública; y lograr, en un proceso histórico continuo y vigilado, una esperada e imaginada unidad nacional.

Un Estado se considera Asimbólico porque a lo largo de su historia, la estructura de poder que lo soporta y las correlaciones de fuerza que lo visibilizan y perpetúan,  permitieron la consolidación de negativas representaciones sociales (RS) de sus asociados, que terminaron en el debilitamiento de su imagen como orden viable, legítimo y justo. Su incapacidad e “insolvencia” simbólica es resultante del desgaste que sufrió su institucionalidad estatal por las acciones y prácticas asociadas al clientelismo, a las de un entronizado ethos mafioso y a la corrupción público-privada que poco a poco minaron la confianza de la ciudadanía, hasta deslegitimar su operación e intervención a través de políticas públicas y por supuesto, a través del uso del poder coercitivo, del uso legítimo de la fuerza, de la imposición de gravámenes y del imperio de la ley.

Lo que sucede con el Estado en lo que corresponde a la función simbólica que le precede, es que ésta, una vez debilitada por la circulación y entronización de las negativas representaciones sociales (RS)  construidas y  de-construidas por los  ciudadanos y las que terminan interiorizándose  en  quienes sobrellevan la institucionalidad estatal, esto es, el Presidente de la República y otros funcionarios de elección popular y en general de la burocracia estatal, es que pierde credibilidad, legitimidad y anima el incumplimiento de la ley, la inmoralidad pública, así como el irrespeto a las instituciones estatales y la consecuente violación de la confianza ciudadana.

Un Estado mantiene intacta o pierde su condición de símbolo de poder y dominación a lo largo de la historia y  de acuerdo con las formas como se resolvieron los conflictos, las luchas y las guerras que se suscitaron durante su proceso de consolidación. Todo lo anterior, asociado, por supuesto, a las prácticas culturales y al fortalecimiento de actores de poder interesados, en primer lugar, en construir Estado a partir de su aceptación como necesidad para superar estadios de violencia e inmanejables incertidumbres sociales y espirituales; y en segundo lugar, esos mismos u otros actores de poder (de la sociedad civil, especialmente), proclives a través del tiempo a “hacerse” con el Estado para orientar o reorientar los objetivos compartidos universalmente sobre su función, operación y fines políticos.

El carácter más o menos espectral con el que históricamente el Estado opere, le irá asegurando la condición asimbólica en la medida en que la sociedad civil y la sociedad en general toman decisiones más acordes con intereses particulares y de acuerdo con los frutos que dejen las “negociaciones”, coaliciones, recomposición del poder y consensos logrados entre sectores de poder (élites del llamado Establecimiento) interesados más en consolidar un tipo de Estado sectorial o regionalmente fuerte (privatizado), al tiempo que aseguran su debilidad para ejercer completo  dominio del territorio administrativa y políticamente reconocido.

Para el caso de Colombia, el Estado es Asimbólico porque de tiempo atrás su inacción, su débil respuesta a las demandas sentidas de la sociedad, en especial a los más vulnerables, su no presencia, o por el contrario, su presencia no heterogénea en el territorio nacional, permitió y permite aún que  dicha nomenclatura, concepto y categoría haya perdido anclaje político, social y económico, lo que paulatinamente debilitó su capacidad de mantenerse y erigirse como  un símbolo de unidad identitaria y territorial sobre el que recae la enorme responsabilidad política de convertirse en un faro moral para sus asociados. 

La condición asimbólica del Estado colombiano puede tener origen en el incumplimiento de los tres monopolios modernos, universalmente aceptados: renta, fuerza o violencia y justicia. Pero digamos que esa no sería la única fuente determinadora de esa condición. Su carácter espectral con el que se presenta a lo largo y ancho del territorio nacional, anima, produce, reproduce, legitima y valida acciones y actores paraestatales que pueden ser legales o ilegales. Quizás, entonces, su sombría o fantasmagórica figura sea la fuente más clara de donde viene la condición asimbólica que se le puede endilgar al Estado colombiano.

De esa manera, la función simbólica del Estado recae no solo en quien funge como Presidente de la República, sino en cada uno de los funcionarios públicos que llevan a cuesta la representación del Estado como una forma de dominación en la que el uso de legítimo de la fuerza, la intimidación y la coerción, se aceptan a través de tres caminos: el primero, a través de la  aceptación natural por parte de cada uno de los asociados que nacen, reconocen las circunstancias regladas, se comprometen a respetarlas y promueven su perpetuación a través del ejemplo; el segundo, a través de la aceptación expresa de su autoridad por parte de ciudadanos que confían y reclaman del Estado su condición perenne. Y el tercero, a través de la imposición a través de acciones violentas que tienen un carácter ejemplarizante y persuasivo para aquellos grupos humanos o sectores de poder particular que retan o cuestionan la autoridad y la legitimidad estatal. Para el caso colombiano, dichas acciones disciplinantes y ejemplarizantes se enmarcaron en la lucha contra los grupos de bandoleros y las otras denominaciones en el contexto de la violencia política de los años 40 y 50, y posteriormente, el enfrentamiento estatal contra las agrupaciones subversivas que surgieron en los años 60.

Al revisar el contenido de la Constitución Política de Colombia (1991) se encuentra el carácter simbólico del Estado, en particular cuando en el Título VII, de la Rama Ejecutiva, Capítulo I del Presidente de la República, se lee: “Artículo 188. El Presidente de la República simboliza la unidad nacional y al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos”.

La disquisición alrededor de si el Estado colombiano es símbolo de poder, o si por el contrario su accionar en lo público hace pensar en que su poder es estratégicamente simbólico, no solo confirma su naturaleza simbólica como un tipo de orden, sino que advierte que el Presidente,  como máxima autoridad moral y administrativa, entra de manera obligada en un proceso de consolidación del  Estado, en su calidad de Jefe de Estado, como símbolo de unidad nacional. De esta manera,  la condición o el carácter simbólico del Estado bien pueden debilitarse o consolidarse de acuerdo con las valoraciones que de la gestión del Presidente hagan los ciudadanos y actores de la sociedad civil, incluyendo por supuesto a los partidos políticos. 


Con todo lo anterior, y si seguimos a Fernán González cuando señala que Colombia es un Estado en formación, podemos colegir que hemos construido, de disímiles maneras, o por específicas circunstancias, un Estado Asimbólico, hecho que hace aún más complejo el ejercicio de erigirse como un orden justo, defendible, viable y legítimo.



Imagen tomada de banderadecolombia.net



martes, 1 de agosto de 2017

LOS ERRORES

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

La crisis institucional que afronta hoy el régimen de Maduro y que sufre una buena parte del pueblo venezolano obedece, fundamentalmente, a crasos errores cometidos por quienes lideraron en el pasado lo que llaman el “socialismo del siglo XXI” y aquellos que creyeron, como Nicolás Maduro, que podrían dar continuidad al proyecto político orientado por Hugo Rafael Chávez Frías[1].

El primer error que comete Nicolás Maduro es el de haber dedicado mucho tiempo a imitar,  a parecerse a Chávez y a mantener viva la imagen del desaparecido Mesías, dejando de lado la imperiosa tarea de consolidar una institucionalidad socialista capaz de afrontar el desafío político y social de una Oposición que con el tiempo se hizo fuerte, porque supo encontrar fisuras institucionales, pero sobre todo, vacíos y errores en la implementación de un régimen político y económico que requiere de un gran compromiso y convergencia social, pero sobre todo, de grados de eficiencia, efectividad y eficacia, en especial en lo que tiene que ver con mantener las cadenas de distribución de alimentos y por esa vía, cerrar las puertas a la indignación y a la resistencia que produjo en sectores sociales (clase media) la existencia de problemas con el abastecimiento de víveres y elementos de primera necesidad.

El equívoco de Maduro estuvo en intentar gobernar a Venezuela soportando el enorme peso simbólico de la imagen y el liderazgo de Chávez Frías, con el agravante de no haber apuntalado instituciones capaces de mantener el aprecio colectivo por las reivindicaciones sociales e identitarias que Chávez logró para unas mayorías atormentadas por la pobreza, pero sobre todo, afligidas por el desprecio de miembros de una élite política y económica “blanca” que históricamente los desconoció como ciudadanos y beneficiarios de la renta petrolera.

El no haber sabido constituir instituciones fuertes y una institucionalidad eficiente para atender las demandas sentidas de la población, le dio enormes posibilidades a una Oposición que no solo supo ver y aprovechar los errores y las fisuras institucionales, sino que aprovechó muy bien el pobre liderazgo que ejerció y ejerce aún ese mal imitador de Chávez que se llama Nicolás Maduro.

Mientras que Chávez buscó reivindicar la vida de los más miserables, su proyecto socialista desoyó a una clase media y alta que a pesar de que se quedó en el país, jamás fue convencida o atraída por un proyecto socialista que decidió focalizar su acción política, social, económica e ideológica, en una porción importante de la población, al tiempo que despreciaba las aspiraciones de quienes por largo tiempo vivieron de la renta petrolera o hacían parte de las redes clientelares y de corrupción política que por años dominaron en Venezuela.

Al final, los líderes del experimento socialista venezolano confiaron demasiado en la imagen del líder mesiánico, en su permanencia como símbolo de unidad, aún después de muerto, al tiempo que consolidaron un brutal y temeroso aparato represivo(policial y militar), el mismo que  hoy soporta, políticamente,  la aventura de cambiar un ordenamiento jurídico-político ganado a pulso en pasadas y masivas contiendas electorales, a través de una Constituyente que nace del desespero por no haber consolidado años atrás la institucionalidad socialista suficiente sobre la cual soportar el cambio de modelo de Estado, en lo económico, en lo político y en lo social.

Ojalá que lo que aconteció, acontece y acontecerá en Venezuela sirva de lección para quienes desde la izquierda[2] colombiana insisten en instaurar aquí el viejo modelo socialista soviético. De un lado, aprender a crear y consolidar instituciones fuertes y eficientes y una institucionalidad que arrope las expectativas de vida de las grandes mayorías, sobre la base de un ethos que se diferencie del que agenció el antiguo régimen. Poco se gana al desmontar un régimen oprobioso y corrupto, si quienes lideran el cambio arrastran un ethos mafioso que quizás supera, en daño y perversidad, al que se quiere desmontar y proscribir a través de la instalación de un nuevo régimen, en este caso, el socialismo del siglo XXI.  De otro lado, queda la lección de que los Mesías resultan perjudiciales, en la medida en que se erigen como el principal obstáculo para consolidar instituciones fuertes, legítimas y eficientes, de cara al enorme desafío que trae mitigar o acabar con la pobreza estructural en la que se encuentran atrapados millones de colombianos.



Imagen tomada de 20minutos.es

martes, 25 de julio de 2017

Reto cultural

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Porque las guerras no se ganan ni se pierden, solamente se sufren[1]
La guerra representa un ejercicio de sometimiento, primero, de la razón, luego, de todo lo demás[2].
Mientras haya sectores sociales y políticos que reconozcan los Derechos Humanos en clave de Caballerizas, no habrá paz en Colombia[3].
Colombia corre el riesgo de que la violencia política, se convierta en un inamovible cultural[4].




No se puede ocultar el enorme daño, perjuicio  y desgaste que hacen los detractores, críticos ciegos y alucinados, y los ya graduados, exhibidos y reconocidos enemigos acérrimos del proceso de paz de La Habana, a la construcción y consolidación de un ambiente de concordia, reconciliación  y de apaciguamiento de disímiles expresiones de violencia que se hicieron cotidianas y terminaron naturalizadas.

No hay, ni hubo,  ni habrá fiesta por la Paz. Hubo celebraciones, pero no hemos logrado que todos los colombianos entiendan, valoren y defiendan a voz en cuello, este momento histórico por el que atraviesa el país. El mismo que nos permitirá, si asumimos el reto,  llegar a otro estadio en donde las diferencias y los conflictos los podamos tramitar sin matarnos.

Con cada amenaza de hacer trizas ese maldito papel al que llaman el Acuerdo Final (II), por las demoras en los trámites legislativos a pesar del “Fast Track” y los ya probados incumplimientos del Gobierno y del Estado en específicos puntos de lo acordado, poco a poco y a la velocidad de un poco confiable reloj de arena, la esperanza de ambientar, crear, recrear, vivir y reproducir estadios civilizatorios, se debilita y se apaga por las eternas incertidumbres e indiferencias que la vida urbana muy bien sabe reproducir.

Dice un escritor colombiano que “…cada guerra es también la expresión de una forma de cultura[5]. Le cabe entera razón a Santiago Gamboa. Y como asunto cultural, la guerra es posible proscribirla y superarla como atávico asunto en el que gravitó, por más de 50 años, la sosegada vida de millones de colombianos que desde sus cómodos lugares, algo oyeron decir y hablar, muy a lo lejos, de gente desplazada, masacrada y victimizada de disímiles maneras. Todos humildes y además, “gente del campo”, de allí la poca importancia dada a los murmullos y susurros  producidos por la guerra.

Si aceptamos que la guerra es un asunto cultural, entonces la tarea de generar la confianza suficiente y el mayor consenso posible para avanzar en la construcción de esa anhelada paz, se convierte en un colosal y  enorme reto cultural que debemos asumir quienes apoyamos el proceso de paz de La Habana y recientemente el que se desarrolla en Quito entre el Gobierno de Santos y la dirigencia del ELN. Y huelga recordar el principio ético que muchos exhibieron cuando decidieron apoyar la negociación política con las Farc: parar el derramamiento de más sangre de combatientes y civiles.

Pero como las transformaciones culturales devienen lentas y dependen de largos procesos de comprensión del pasado, lo primero que debemos hacer es aceptar que el odio, la ignorancia de nuestra historia y la subvaloración de la vida de los Otros, legales e ilegales, son los principales obstáculos que debemos vencer si de verdad queremos avanzar hacia estadios civilizatorios que nos permitan, a pesar de los riesgos connaturales de la convivencia humana, vivir juntos y relativamente tranquilos en un mismo territorio.

Sobre el odio, Gamboa precisa: “Por eso la historia de la guerra es también la genealogía del desacuerdo que conduce al odio, y del increíble pragmatismo que, a continuación lleva al hombre a destruir aquello que se opone a sus intereses. El proceso mental consiste en transformar una necesidad en algo acuciante y proyectarla sobre alguien que lo impide, de modo que al aniquilarlo esa necesidad se ve a satisfecha (y aquí de nuevo: tierras, creencias, poder, medios de producción)[6].

Sobre el segundo, señalo que la peor actitud que pueden asumir los miembros de una sociedad atormentada, prisionera y víctima de la guerra, así sea lejana, es aquello que deriva en negarse a conocer lo que sucedió no solo porque ello conlleva un esfuerzo mental, sino porque al esculcar la Historia Oficial, se corre el riesgo de darle la razón a esos Otros que hicieron la guerra porque enarbolaron las banderas de la justicia, del bienestar general y de la solidaridad. Y sobre ese último obstáculo al que llamo la subvaloración de la vida de Otros,  pido la atención de aquellos que al pedir al unísono “bala para las guerrillas”, exhiben sin pudor y quizás sin saberlo, su desprecio por la vida de soldados y policías que dieron sus vidas por defender una Patria que, para otros, resultó ser un simple artilugio ideológico para manipularlos y obligarlos a luchar, morir o quedar lisiados en los campos de batalla; y qué decir del menosprecio por la vida de civiles que sufrieron las embestidas de ejércitos, legales e ilegales, que al actuar sin límites, se acercaron a la barbarie, a la fiereza, a la brutalidad.

De esta manera, el error más grande en el que cayeron millones de colombianos, está en haber tasado la vida de campesinos, afros e  indígenas; de soldados y policías; de guerrilleros y paramilitares, y de haber cubierto y abrigado dicha cotización con el manto de ideologías, o por señaladas prescripciones genéticas y de toda suerte de “argumentos” que justificaran la muerte en combate de unos y la persecución identitaria de esos “Otros que siempre han estado en el lugar equivocado y que no representan a esa fantasiosa, pero anhelada Colombia blanca que insiste en negar sus propios procesos de mestizaje”.

Con todo lo anterior, debemos asumir la construcción de Paz o de las disímiles formas de paz (paces) como un reto cultural. La tarea es colosal. Al final, parafraseando a Gamboa, bien podríamos decir que el tipo de paz que alcancemos, será la expresión de una cultura (forma de cultura) que logró superar las páginas de la guerra, o que por el contrario, se quedó petrificada y enlazada a los odios aupados por los combatientes; resentimientos que supieron recoger los civiles que otearon la degradación del conflicto armado, desde haciendas, fincas y pent-houses, como si miraran sus realidades desde un muy particular caleidoscopio.




Imagen tomada de derechoshumanos.gov.co


[1] Santiago Gamboa. La guerra y la paz. Debate. 2014. p. 27.

[2] Germán Ayala Osorio. Blog: http://laotratribuna1.blogspot.com.co/

[3] Germán Ayala Osorio. Blog: http://laotratribuna1.blogspot.com.co/
[4] Germán Ayala Osorio. Blog: http://laotratribuna1.blogspot.com.co/


[5] Op cit. Gamboa, p. 18.

[6] Ibid. Gamboa. p. 18.

lunes, 24 de julio de 2017

Punto de Partida

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

La reunión[1] a la que asistieron Freddy Rendón Herrera, alias el Alemán, Edwar Cobos Téllez, alias Diego Vecino e Iván Roberto Duque, alias Ernesto Báez, por parte de los Paramilitares; y en representación de las Farc-Ep, Jesús Santrich, Iván Márquez y Pablo Catatumbo, constituye un hecho de un indudable valor político y ético. El encuentro, que se dio el 19 de julio del año en curso, se produjo gracias a las gestiones del padre Francisco de Roux, con el concurso del facilitador de paz,  el conservador Álvaro Leyva Durán y del abogado y asesor jurídico en la Mesa de La Habana, Diego Martínez.

Aunque hasta el momento no se conoce de la existencia de una “agenda” o de un compromiso en particular al que pudieron llegar los señalados ex combatientes en las largas tres horas que duró  el crucial y significativo encuentro, si trascendió a los Medios la voluntad de estos señores de la guerra de contribuir a la construcción de una verdad Histórica que nos ayude a comprender qué fue lo que pasó en 53 años de guerra interna.

Esta reunión me hizo recordar la respuesta que dio Manuel Marulanda Vélez a un periodista en pleno proceso de paz del Caguán. Ante la pregunta de si se sentaría a dialogar con el entonces comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Carlos Castaño, el comandante de las Farc señaló “yo tal vez no… ese es otro paseo, estamos contra el paramilitarismo[2]. Sin imaginar el rumbo que tomarían las dinámicas del conflicto armado y las de las propias Farc, Pedro Antonio Marín quizás sospechaba que subalternos como Alfonso Cano, o los propios Santrich o Iván Márquez, entre otros comandantes que sobrevivieron al Plan Colombia y al Plan Patriota, si podrían estar dispuestos en aquella época o en posteriores momentos, a dialogar con sus sempiternos enemigos.

Años después, sin la presencia de “Tirofijo” y del líder paramilitar, Carlos Castaño, y en medio del proceso de implementación del Acuerdo Final alcanzado entre la dirigencia de las Farc y el gobierno de Santos, el país conoce de una reunión a la que Marulanda Vélez se negó en un momento histórico diferente al que el país vive hoy. Y es claro que Colombia pasa por otro momento histórico, diametralmente distinto  al que se vivió durante los diálogos del Caguán[3]. Ad portas de convertirse las Farc en partido político y después de haber hecho dejación de armas, con el acompañamiento de la ONU, ex líderes de las Autodefensas Unidas de Colombia y ex combatientes farianos deciden reunirse para, muy seguramente, ponerse de acuerdo para contribuir a la construcción de la Verdad que tanto necesita este país para avanzar hacia la construcción de una paz estable y duradera.

Debieron pasar muchos años y darse las más oprobiosas conductas y acciones de paramilitares y guerrilleros, para que sus líderes se sentaran, ya envejecidos y cansados de la guerra, en una misma mesa a conversar de manera respetuosa y distendida.

El gran aporte a la reconciliación de Colombia que pueden hacer estos veteranos de guerra  está en coadyuvar a construir una Verdad que le sirva al país para comprender qué fue lo que sucedió durante años y años de confrontación armada, y luego, avanzar en el establecimiento de responsabilidades políticas y jurídicas por parte de operadores políticos y agentes económicos y sociales de la sociedad civil, que los patrocinaron y facilitaron su presencia y operación en los campos del país.

Así entonces, la reunión en sí misma sobreviene con un invaluable valor ético-político en la medida en que sirve de ejemplo para que la sociedad colombiana, que deviene profundamente escindida y polarizada aún entre falsas dicotomías como Paz-Guerra y Buenos-Malos, asuma el reto de promover  y lograr una esperada reconciliación. Eso sí, reconciliación que deberá darse  y sostenerse en una Verdad que, aunque dolorosa y difícil de aceptar, nos sirva para trascender las motivaciones de los combatientes, legales e ilegales, y nos permita conocer la identidad de aquellos que desde disímiles instancias de poder político, social y económico, auparon las confrontaciones y contribuyeron en buena forma a la degradación del conflicto armado.

No sabemos qué tan preparados estemos en Colombia para escuchar a quienes desde la Derecha crearon el fenómeno  paramilitar y apoyaron a los grupos paramilitares con el firme propósito de presionar y garantizar el desplazamiento forzado de indígenas, afros y campesinos, considerados por terratenientes, banqueros, ganaderos y agroindustriales como enemigos del modelo de explotación rural a gran escala. Ya está claro que los paramilitares no hicieron parte de un proyecto contrainsurgente, sino que fueron la avanzada de actores de la sociedad civil que buscaron acaparar la mayor tierra posible para dar rienda suelta a proyectos agroindustriales y mineros a gran escala.

La ya comentada reunión constituye, sin duda, un punto de partida. Que la Verdad florezca, a pesar de los esfuerzos de la gran prensa y de otros sectores de poder, por evitar que se cumpla con aquello de garantizar Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición. Especial reconocimiento para el Padre Francisco de Roux, un incansable luchador por la construcción de una paz digna para todos.

Termino con apartes de lo expresado por el jefe negociador del Gobierno en la Mesa de La Habana, Humberto de la Calle Lombana, una vez alcanzado el primer Acuerdo Final: “Muchos colombianos quisieran castigo para las FARC. Pero también con igual fervor deberíamos pedir el mismo castigo para todos los responsables. Agentes estatales que desviaron su misión y terceros financiadores de graves crímenes y masacres. La violencia del otro no puede justificar la violencia propia. Lo que se quiere con la aplicación de una justicia de transición y con la puesta en marcha de mecanismos para la verdad y la reparación, es que esta sociedad entienda que no hay violencia buena. Que la única reacción legítima contra el crimen es la fuerza democrática del Estado. Que fuera de este camino, viene el desencadenamiento de violencias que se alimentan a sí mismas y que perpetúan la confrontación. La no repetición es algo que exigimos a las FARC con firmeza. Pero este también debe ser un gran compromiso nacional. Nadie deberá en el futuro alentar formas de la mal llamada justicia privada. Lo acordado en la justicia es parte de un sistema completo que implica verdad, reparación y garantía de no repetición[4].





miércoles, 19 de julio de 2017

Otra columna sobre el mismo

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

A pesar de la invitación de varios tuiteros a silenciarlo, en el sentido de abstenernos de hablar de él, esta columna se origina en el mismo individuo, político, ganadero, caballista y sempiterno calumniador de periodistas.

Esta corta disquisición sobre el entonces operador político que mandó  por largos y aciagos ocho años en una Colombia a la que logró reducir a una plantación, gira en torno a los angustiantes momentos por los que atraviesa la vida de  este “combativo”  político.

La ansiedad que muestra en público, está profundamente anclada a su enfermiza relación con el Poder político. Su existencia cicatera, se explica por ese carácter belicoso, homogeneizador y mesiánico, alimentado y anclado a su morrocotudo Ego, el mismo que esconde viejos maltratos y problemas de reconocimiento asociados a su adolescencia.

Después de mandar en el imaginado platanal y de asumirse como el Gran Redentor y Gran Hermano, su vida entró en un profundo vacío. Cayó en el terreno de lo insustancial. Y peor se sintió cuando vio que su legado, la guerra, hoy hace parte del discurso anacrónico que inspiró el Enemigo Interno. Desaparecida y convertida lafar, en opción política, su desespero se hace incontenible y visible, de allí la necesidad de crear  “nuevos enemigos” para recuperar el sentido de una vida dedicada a odiar, a imponer, a someter y a reivindicar el desprecio por todas las ideas que no calcen con las suyas (conservadoras), muy bien almacenadas y conservadas en almíbar,  en la violenta historia  de Colombia, la misma que él quiere extender en el tiempo, como tratando de desconocer la finitud de su vida.

Lo que irrita a este menudo ser humano es que, como eximio Mesías, no puede confiar en los Otros. Es más, para él la otredad no existe: solo existen amanuenses, estafetas, escribanos, genuflexos aduladores y lisonjeros “profesionales”, ubicados en el periodismo que él mismo odia, o en el empresariado, o en la curia, o en el deporte, entre otros ámbitos. Eso sí, en su reino no hay lugar para bufones y mucho menos, para el humor. Su amarga existencia no le permite asumir la risa como “remedio infalible”,  y menos aún como una forma posible de poder.

Tan absolutista como cualquier terrorista moderno, este colombiano anda desesperado porque a pesar de que al parecer tiene mucho(s) de dónde escoger, no encuentra todavía al político capaz, confiable, idóneo, obediente, leal y olvidadizo[1], que recoja su raída bandera de la guerra y la seguridad, y por esa vía, le permita sobrellevar con total tranquilidad los años que le quedan de vida política.

En el ya cercano 2018, nuevamente el país afrontará un escenario electoral en medio de una ya consolidada polarización ideológica en la que, de un lado, millones de colombianos exhibirán el carácter vindicativo con el que asumen la resolución de las diferencias y los conflictos, y del otro, otros tantos millones que guardan la esperanza de pasar las páginas de una guerra absurda, para darse la oportunidad de avanzar hacia la construcción de un mejor país.  

Será una lucha, ojalá democrática, entre los que ríen a pesar de las dificultades y aquellos que usan esas mismas dificultades para propiciar odios, dividir y sembrar mayores incertidumbres. Será una disputa entre aquellos colombianos capaces de soñar con un país cubierto de valeriana, cultivos de pan coger, frutas  y hortalizas, y esos otros que sueñan seguir viviendo en el platanal en el que aún vive y cree que manda, el ya rancio Capataz.




Imagen tomada de caminoverde.org


[1] No hablo de olvidadiza porque su Machismo no le permite reconocer y menos, confiar en las mujeres. Si al final escoge a una Mujer como su ungida para el 2018, dicha  decisión será fruto de su desespero de regresar a mandar en el único reino en el que se siente a sus anchas. 

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