NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.
Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

viernes, 21 de abril de 2017

EL PUEBLO

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social-periodista y politólogo

Manoseada por todo tipo de regímenes, líderes políticos y religiosos, y de falsos profetas mimetizados como candidatos a cargos  de elección popular, la nomenclatura Pueblo ha sobrevivido a la historia misma de la Humanidad, que deviene violenta y esquizofrénicamente soportable y atractiva.

El carácter universal  del vocablo Pueblo, facilita la confluencia en este, de todo tipo de tendencias, gustos, aspiraciones, y por supuesto, reivindicaciones sociales e identitarias, surgidas todas de la inmensa complejidad del ser humano y de la insistencia de que podemos vivir juntos.

Los regímenes socialistas y los marxistas hablan del “poder popular” para dar sentido y vida política a una vieja aspiración ideológica: el Estado para el Pueblo. En los regímenes  capitalistas el llamado al Pueblo  no necesariamente se hace para desmontar las condiciones que imponen la burguesía y el modelo económico vigente. Cuando se pide el apoyo popular se hace para mantener las condiciones históricas de dominación. Cuando un político, candidato a la Presidencia o a cualquier otro cargo de elección popular enarbola  los intereses del Pueblo para pedir el desmonte de un histórico orden establecido y consecuentemente del sistema económico y político, casi que asistimos a una propuesta de revolución popular. Revolución que de triunfar, seguirá manipulando al Pueblo que la respaldó y dará la oportunidad para que del otro lado nazca ese otro Pueblo que se opone.

La historia misma de la Humanidad nos enseña que la categoría o el término Pueblo es polifónica y maleable, y por lo tanto, generadora de confusiones y manipulaciones. Miremos dos casos recientes y cercanos  geográfica, política y culturalmente para ver lo difuso que puede llegar a ser dicho concepto, así como su interesado uso a través de arengas y discursos que a pesar de sonar todos lógicos y coherentes, esconden la complejidad humana y sobre todo, las disímiles  incoherencias en las que solemos caer los seres humanos cuando la lucha por el poder concentra nuestros propósitos de vida.

El primer caso tiene como protagonista al ciudadano Álvaro Uribe Vélez. Cuando fungió como Presidente, propuso en diversos escenarios que Colombia debería de hacer el tránsito de un Estado Social de Derecho, a un Estado de Opinión[1], en el que el Pueblo decidiera, junto al Gobierno, el futuro del conjunto de la sociedad. Eso sí, la idea de Pueblo que tenía Uribe estaba sujeta  y reducida a lo que pensaban  “ciudadanos” agradecidos o beneficiados con específicas políticas públicas (los que tenían finca y  pudieron volver a estas, gracias a la Seguridad Democrática), o por las decisiones de “democracia directa” que adoptaba en los Consejos Comunales de Gobierno en donde fungió como el Gran Capataz, deslegitimando el poder de alcaldes y gobernadores.  

El Pueblo que apoyaba en ese entonces al hoy senador Uribe Vélez, se circunscribía al pulso que tomaban las empresas encuestadoras a la llamada opinión pública, la misma que devenía seriamente contaminada de y por los perniciosos tratamientos periodístico-noticiosos que por esa época la Gran Prensa hacía de los hechos que guardaban relación directa o indirecta con la gestión de quien hizo todo para reelegirse, con la clara intención  de imponer su proyecto neoconservador, en lo social y cultural, y en lo económico, el bien aprendido recetario  neoliberal.

En aquella época se habló de un Pueblo que adoraba a Uribe: nueve millones de votantes. El resto, por supuesto (un poco más de 33 millones),  quedó al margen de ese Pueblo elegido -y elector- que con el concurso de los medios masivos de información[2], convirtieron a Uribe Vélez en “el mejor Presidente de Colombia”, y que además lo llevaron a ser considerado como irremplazable, hasta el punto que él mismo habló de una hecatombe[3], si no se aseguraba su continuidad en el poder.

El otro caso tiene como protagonista a Venezuela y su compleja situación. Allá, en el país vecino, el carácter universal de la nomenclatura Pueblo alcanzó tal estiramiento, que hay dos Pueblos virtualmente enfrentados: de un lado, el pueblo bolivariano, compuesto por seguidores agradecidos, como súbditos, con aquel Coronel que les dio la identidad que la pobreza, la marginalidad y una élite “blanca” y corrupta, les negó por años y años. Esos mismos “ciudadanos”, que a pesar de la muerte de Chávez Frías, mantienen su interesado apoyo a quien heredó las banderas y la “revolución bolivariana” y que al parecer le quedó grande mantener el proyecto político bolivariano tal y como lo pensó y ejecutó Hugo Rafael Chávez Frías.

Los miembros de ese otro Pueblo que existe en Venezuela, llevan sobre sus espaldas la pesada lápida que el Establecimiento  les puso a cada uno de esos venezolanos- algunos chavistas y el resto clase media y burgueses- con un epitafio que huele a muerte: Oposición y enemigos de la Patria chavista, bolivariana o “madurista”.

Los líderes de la Oposición al régimen de Maduro agitan e izan las banderas de ese Pueblo que dicen representar. Mientras tanto, Nicolás Maduro, con todo el poder represivo del Estado, el apoyo de los Militares y la chequera petrolera con la que compra conciencias a través de subsidios y el discurso populista que deviene investido de reivindicación étnica y social (lucha de clases), desconoce a ese otro Pueblo, cuyos miembros los considera apátridas, traidores y por lo tanto, enemigos.

Todas las luchas por el Poder, en la especie y condición humana, están profundamente ligadas a la “necesidad” de imponer sobre los demás, nuestras ideas y proyectos de vida individual. El sentido de lo colectivo es solo una débil manta con la que los líderes políticos, de izquierda y derecha, cubren la difícil aspiración humana de vivir en sociedad.

Por lo anterior, cada quien construirá la idea de Pueblo que mejor le convenga para el ejercicio del poder y cada quien se incluirá en la problemática nomenclatura, de acuerdo con su capacidad para luchar, primero, por sus propios intereses y luego quizás, decida continuar luchando por los intereses colectivos.

En todos los Pueblos, por supuesto, confluyen intereses de todo tipo, pero también miedos, arrogancia, ignorancia, débil sentido  común y el carácter gregario  de todos y cada uno de sus miembros. De allí la facilidad de su manipulación por líderes, especialmente, aquellos Mesiánicos, como Uribe y Maduro, que se asumen como Salvadores. Pobres pueblos.  




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