NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.
Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

martes, 25 de julio de 2017

Reto cultural

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Porque las guerras no se ganan ni se pierden, solamente se sufren[1]
La guerra representa un ejercicio de sometimiento, primero, de la razón, luego, de todo lo demás[2].
Mientras haya sectores sociales y políticos que reconozcan los Derechos Humanos en clave de Caballerizas, no habrá paz en Colombia[3].
Colombia corre el riesgo de que la violencia política, se convierta en un inamovible cultural[4].




No se puede ocultar el enorme daño, perjuicio  y desgaste que hacen los detractores, críticos ciegos y alucinados, y los ya graduados, exhibidos y reconocidos enemigos acérrimos del proceso de paz de La Habana, a la construcción y consolidación de un ambiente de concordia, reconciliación  y de apaciguamiento de disímiles expresiones de violencia que se hicieron cotidianas y terminaron naturalizadas.

No hay, ni hubo,  ni habrá fiesta por la Paz. Hubo celebraciones, pero no hemos logrado que todos los colombianos entiendan, valoren y defiendan a voz en cuello, este momento histórico por el que atraviesa el país. El mismo que nos permitirá, si asumimos el reto,  llegar a otro estadio en donde las diferencias y los conflictos los podamos tramitar sin matarnos.

Con cada amenaza de hacer trizas ese maldito papel al que llaman el Acuerdo Final (II), por las demoras en los trámites legislativos a pesar del “Fast Track” y los ya probados incumplimientos del Gobierno y del Estado en específicos puntos de lo acordado, poco a poco y a la velocidad de un poco confiable reloj de arena, la esperanza de ambientar, crear, recrear, vivir y reproducir estadios civilizatorios, se debilita y se apaga por las eternas incertidumbres e indiferencias que la vida urbana muy bien sabe reproducir.

Dice un escritor colombiano que “…cada guerra es también la expresión de una forma de cultura[5]. Le cabe entera razón a Santiago Gamboa. Y como asunto cultural, la guerra es posible proscribirla y superarla como atávico asunto en el que gravitó, por más de 50 años, la sosegada vida de millones de colombianos que desde sus cómodos lugares, algo oyeron decir y hablar, muy a lo lejos, de gente desplazada, masacrada y victimizada de disímiles maneras. Todos humildes y además, “gente del campo”, de allí la poca importancia dada a los murmullos y susurros  producidos por la guerra.

Si aceptamos que la guerra es un asunto cultural, entonces la tarea de generar la confianza suficiente y el mayor consenso posible para avanzar en la construcción de esa anhelada paz, se convierte en un colosal y  enorme reto cultural que debemos asumir quienes apoyamos el proceso de paz de La Habana y recientemente el que se desarrolla en Quito entre el Gobierno de Santos y la dirigencia del ELN. Y huelga recordar el principio ético que muchos exhibieron cuando decidieron apoyar la negociación política con las Farc: parar el derramamiento de más sangre de combatientes y civiles.

Pero como las transformaciones culturales devienen lentas y dependen de largos procesos de comprensión del pasado, lo primero que debemos hacer es aceptar que el odio, la ignorancia de nuestra historia y la subvaloración de la vida de los Otros, legales e ilegales, son los principales obstáculos que debemos vencer si de verdad queremos avanzar hacia estadios civilizatorios que nos permitan, a pesar de los riesgos connaturales de la convivencia humana, vivir juntos y relativamente tranquilos en un mismo territorio.

Sobre el odio, Gamboa precisa: “Por eso la historia de la guerra es también la genealogía del desacuerdo que conduce al odio, y del increíble pragmatismo que, a continuación lleva al hombre a destruir aquello que se opone a sus intereses. El proceso mental consiste en transformar una necesidad en algo acuciante y proyectarla sobre alguien que lo impide, de modo que al aniquilarlo esa necesidad se ve a satisfecha (y aquí de nuevo: tierras, creencias, poder, medios de producción)[6].

Sobre el segundo, señalo que la peor actitud que pueden asumir los miembros de una sociedad atormentada, prisionera y víctima de la guerra, así sea lejana, es aquello que deriva en negarse a conocer lo que sucedió no solo porque ello conlleva un esfuerzo mental, sino porque al esculcar la Historia Oficial, se corre el riesgo de darle la razón a esos Otros que hicieron la guerra porque enarbolaron las banderas de la justicia, del bienestar general y de la solidaridad. Y sobre ese último obstáculo al que llamo la subvaloración de la vida de Otros,  pido la atención de aquellos que al pedir al unísono “bala para las guerrillas”, exhiben sin pudor y quizás sin saberlo, su desprecio por la vida de soldados y policías que dieron sus vidas por defender una Patria que, para otros, resultó ser un simple artilugio ideológico para manipularlos y obligarlos a luchar, morir o quedar lisiados en los campos de batalla; y qué decir del menosprecio por la vida de civiles que sufrieron las embestidas de ejércitos, legales e ilegales, que al actuar sin límites, se acercaron a la barbarie, a la fiereza, a la brutalidad.

De esta manera, el error más grande en el que cayeron millones de colombianos, está en haber tasado la vida de campesinos, afros e  indígenas; de soldados y policías; de guerrilleros y paramilitares, y de haber cubierto y abrigado dicha cotización con el manto de ideologías, o por señaladas prescripciones genéticas y de toda suerte de “argumentos” que justificaran la muerte en combate de unos y la persecución identitaria de esos “Otros que siempre han estado en el lugar equivocado y que no representan a esa fantasiosa, pero anhelada Colombia blanca que insiste en negar sus propios procesos de mestizaje”.

Con todo lo anterior, debemos asumir la construcción de Paz o de las disímiles formas de paz (paces) como un reto cultural. La tarea es colosal. Al final, parafraseando a Gamboa, bien podríamos decir que el tipo de paz que alcancemos, será la expresión de una cultura (forma de cultura) que logró superar las páginas de la guerra, o que por el contrario, se quedó petrificada y enlazada a los odios aupados por los combatientes; resentimientos que supieron recoger los civiles que otearon la degradación del conflicto armado, desde haciendas, fincas y pent-houses, como si miraran sus realidades desde un muy particular caleidoscopio.




Imagen tomada de derechoshumanos.gov.co


[1] Santiago Gamboa. La guerra y la paz. Debate. 2014. p. 27.

[2] Germán Ayala Osorio. Blog: http://laotratribuna1.blogspot.com.co/

[3] Germán Ayala Osorio. Blog: http://laotratribuna1.blogspot.com.co/
[4] Germán Ayala Osorio. Blog: http://laotratribuna1.blogspot.com.co/


[5] Op cit. Gamboa, p. 18.

[6] Ibid. Gamboa. p. 18.

lunes, 24 de julio de 2017

Punto de Partida

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

La reunión[1] a la que asistieron Freddy Rendón Herrera, alias el Alemán, Edwar Cobos Téllez, alias Diego Vecino e Iván Roberto Duque, alias Ernesto Báez, por parte de los Paramilitares; y en representación de las Farc-Ep, Jesús Santrich, Iván Márquez y Pablo Catatumbo, constituye un hecho de un indudable valor político y ético. El encuentro, que se dio el 19 de julio del año en curso, se produjo gracias a las gestiones del padre Francisco de Roux, con el concurso del facilitador de paz,  el conservador Álvaro Leyva Durán y del abogado y asesor jurídico en la Mesa de La Habana, Diego Martínez.

Aunque hasta el momento no se conoce de la existencia de una “agenda” o de un compromiso en particular al que pudieron llegar los señalados ex combatientes en las largas tres horas que duró  el crucial y significativo encuentro, si trascendió a los Medios la voluntad de estos señores de la guerra de contribuir a la construcción de una verdad Histórica que nos ayude a comprender qué fue lo que pasó en 53 años de guerra interna.

Esta reunión me hizo recordar la respuesta que dio Manuel Marulanda Vélez a un periodista en pleno proceso de paz del Caguán. Ante la pregunta de si se sentaría a dialogar con el entonces comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Carlos Castaño, el comandante de las Farc señaló “yo tal vez no… ese es otro paseo, estamos contra el paramilitarismo[2]. Sin imaginar el rumbo que tomarían las dinámicas del conflicto armado y las de las propias Farc, Pedro Antonio Marín quizás sospechaba que subalternos como Alfonso Cano, o los propios Santrich o Iván Márquez, entre otros comandantes que sobrevivieron al Plan Colombia y al Plan Patriota, si podrían estar dispuestos en aquella época o en posteriores momentos, a dialogar con sus sempiternos enemigos.

Años después, sin la presencia de “Tirofijo” y del líder paramilitar, Carlos Castaño, y en medio del proceso de implementación del Acuerdo Final alcanzado entre la dirigencia de las Farc y el gobierno de Santos, el país conoce de una reunión a la que Marulanda Vélez se negó en un momento histórico diferente al que el país vive hoy. Y es claro que Colombia pasa por otro momento histórico, diametralmente distinto  al que se vivió durante los diálogos del Caguán[3]. Ad portas de convertirse las Farc en partido político y después de haber hecho dejación de armas, con el acompañamiento de la ONU, ex líderes de las Autodefensas Unidas de Colombia y ex combatientes farianos deciden reunirse para, muy seguramente, ponerse de acuerdo para contribuir a la construcción de la Verdad que tanto necesita este país para avanzar hacia la construcción de una paz estable y duradera.

Debieron pasar muchos años y darse las más oprobiosas conductas y acciones de paramilitares y guerrilleros, para que sus líderes se sentaran, ya envejecidos y cansados de la guerra, en una misma mesa a conversar de manera respetuosa y distendida.

El gran aporte a la reconciliación de Colombia que pueden hacer estos veteranos de guerra  está en coadyuvar a construir una Verdad que le sirva al país para comprender qué fue lo que sucedió durante años y años de confrontación armada, y luego, avanzar en el establecimiento de responsabilidades políticas y jurídicas por parte de operadores políticos y agentes económicos y sociales de la sociedad civil, que los patrocinaron y facilitaron su presencia y operación en los campos del país.

Así entonces, la reunión en sí misma sobreviene con un invaluable valor ético-político en la medida en que sirve de ejemplo para que la sociedad colombiana, que deviene profundamente escindida y polarizada aún entre falsas dicotomías como Paz-Guerra y Buenos-Malos, asuma el reto de promover  y lograr una esperada reconciliación. Eso sí, reconciliación que deberá darse  y sostenerse en una Verdad que, aunque dolorosa y difícil de aceptar, nos sirva para trascender las motivaciones de los combatientes, legales e ilegales, y nos permita conocer la identidad de aquellos que desde disímiles instancias de poder político, social y económico, auparon las confrontaciones y contribuyeron en buena forma a la degradación del conflicto armado.

No sabemos qué tan preparados estemos en Colombia para escuchar a quienes desde la Derecha crearon el fenómeno  paramilitar y apoyaron a los grupos paramilitares con el firme propósito de presionar y garantizar el desplazamiento forzado de indígenas, afros y campesinos, considerados por terratenientes, banqueros, ganaderos y agroindustriales como enemigos del modelo de explotación rural a gran escala. Ya está claro que los paramilitares no hicieron parte de un proyecto contrainsurgente, sino que fueron la avanzada de actores de la sociedad civil que buscaron acaparar la mayor tierra posible para dar rienda suelta a proyectos agroindustriales y mineros a gran escala.

La ya comentada reunión constituye, sin duda, un punto de partida. Que la Verdad florezca, a pesar de los esfuerzos de la gran prensa y de otros sectores de poder, por evitar que se cumpla con aquello de garantizar Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición. Especial reconocimiento para el Padre Francisco de Roux, un incansable luchador por la construcción de una paz digna para todos.

Termino con apartes de lo expresado por el jefe negociador del Gobierno en la Mesa de La Habana, Humberto de la Calle Lombana, una vez alcanzado el primer Acuerdo Final: “Muchos colombianos quisieran castigo para las FARC. Pero también con igual fervor deberíamos pedir el mismo castigo para todos los responsables. Agentes estatales que desviaron su misión y terceros financiadores de graves crímenes y masacres. La violencia del otro no puede justificar la violencia propia. Lo que se quiere con la aplicación de una justicia de transición y con la puesta en marcha de mecanismos para la verdad y la reparación, es que esta sociedad entienda que no hay violencia buena. Que la única reacción legítima contra el crimen es la fuerza democrática del Estado. Que fuera de este camino, viene el desencadenamiento de violencias que se alimentan a sí mismas y que perpetúan la confrontación. La no repetición es algo que exigimos a las FARC con firmeza. Pero este también debe ser un gran compromiso nacional. Nadie deberá en el futuro alentar formas de la mal llamada justicia privada. Lo acordado en la justicia es parte de un sistema completo que implica verdad, reparación y garantía de no repetición[4].





miércoles, 19 de julio de 2017

Otra columna sobre el mismo

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

A pesar de la invitación de varios tuiteros a silenciarlo, en el sentido de abstenernos de hablar de él, esta columna se origina en el mismo individuo, político, ganadero, caballista y sempiterno calumniador de periodistas.

Esta corta disquisición sobre el entonces operador político que mandó  por largos y aciagos ocho años en una Colombia a la que logró reducir a una plantación, gira en torno a los angustiantes momentos por los que atraviesa la vida de  este “combativo”  político.

La ansiedad que muestra en público, está profundamente anclada a su enfermiza relación con el Poder político. Su existencia cicatera, se explica por ese carácter belicoso, homogeneizador y mesiánico, alimentado y anclado a su morrocotudo Ego, el mismo que esconde viejos maltratos y problemas de reconocimiento asociados a su adolescencia.

Después de mandar en el imaginado platanal y de asumirse como el Gran Redentor y Gran Hermano, su vida entró en un profundo vacío. Cayó en el terreno de lo insustancial. Y peor se sintió cuando vio que su legado, la guerra, hoy hace parte del discurso anacrónico que inspiró el Enemigo Interno. Desaparecida y convertida lafar, en opción política, su desespero se hace incontenible y visible, de allí la necesidad de crear  “nuevos enemigos” para recuperar el sentido de una vida dedicada a odiar, a imponer, a someter y a reivindicar el desprecio por todas las ideas que no calcen con las suyas (conservadoras), muy bien almacenadas y conservadas en almíbar,  en la violenta historia  de Colombia, la misma que él quiere extender en el tiempo, como tratando de desconocer la finitud de su vida.

Lo que irrita a este menudo ser humano es que, como eximio Mesías, no puede confiar en los Otros. Es más, para él la otredad no existe: solo existen amanuenses, estafetas, escribanos, genuflexos aduladores y lisonjeros “profesionales”, ubicados en el periodismo que él mismo odia, o en el empresariado, o en la curia, o en el deporte, entre otros ámbitos. Eso sí, en su reino no hay lugar para bufones y mucho menos, para el humor. Su amarga existencia no le permite asumir la risa como “remedio infalible”,  y menos aún como una forma posible de poder.

Tan absolutista como cualquier terrorista moderno, este colombiano anda desesperado porque a pesar de que al parecer tiene mucho(s) de dónde escoger, no encuentra todavía al político capaz, confiable, idóneo, obediente, leal y olvidadizo[1], que recoja su raída bandera de la guerra y la seguridad, y por esa vía, le permita sobrellevar con total tranquilidad los años que le quedan de vida política.

En el ya cercano 2018, nuevamente el país afrontará un escenario electoral en medio de una ya consolidada polarización ideológica en la que, de un lado, millones de colombianos exhibirán el carácter vindicativo con el que asumen la resolución de las diferencias y los conflictos, y del otro, otros tantos millones que guardan la esperanza de pasar las páginas de una guerra absurda, para darse la oportunidad de avanzar hacia la construcción de un mejor país.  

Será una lucha, ojalá democrática, entre los que ríen a pesar de las dificultades y aquellos que usan esas mismas dificultades para propiciar odios, dividir y sembrar mayores incertidumbres. Será una disputa entre aquellos colombianos capaces de soñar con un país cubierto de valeriana, cultivos de pan coger, frutas  y hortalizas, y esos otros que sueñan seguir viviendo en el platanal en el que aún vive y cree que manda, el ya rancio Capataz.




Imagen tomada de caminoverde.org


[1] No hablo de olvidadiza porque su Machismo no le permite reconocer y menos, confiar en las mujeres. Si al final escoge a una Mujer como su ungida para el 2018, dicha  decisión será fruto de su desespero de regresar a mandar en el único reino en el que se siente a sus anchas. 

Crisis humana-ambiental

Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Es un error intentar comprender la compleja realidad humana desde la frágil trinchera de una profesión u oficio.

Este pretendido “análisis”, llega tarde, aunque haya escuchado varias veces el discurso que lo inspira. Digamos que se trata  una deuda que tenía conmigo mismo y que hoy logro saldar, sin que ello signifique que jamás volveré a escuchar un discurso confrontador, doloroso y que en doble vía, me hace pensar en que no hay nada qué hacer, al tiempo que anima a tratar de plantear salidas a las encrucijadas esbozadas por el responsable de esa disertación: Pepe Mujica.

Pepe Mujica es un político, sin duda, pero deviene distinto a la gran mayoría de operadores políticos  en el mundo, que usan el poder solo para dar rienda suelta a sus arañados, maltratados o problemáticos egos, o para saciar la avidez  por el dinero.  

En su discurso, en el encuentro mundial de Río + 20,  y en su calidad de Presidente de la República del Uruguay, Mujica puso varios puntos en una discusión política y ambiental que las grandes potencias económicas y militares no se han atrevido a dar, a pesar de los compromisos adquiridos para mitigar en algo el daño que el actual modelo de desarrollo genera en el medio ambiente, en el Planeta mismo y por supuesto, en la indescifrable condición humana.

En sus primeras palabras, Mujica señaló: “muchas gracias a la buena fe que, seguramente, han manifestado todos los oradores que me precedieron. Expresamos la íntima voluntad como gobernantes de acompañar todos los acuerdos que, esta, nuestra pobre humanidad, pueda suscribir. Sin embargo, permítasenos hacer algunas preguntas en voz alta. Toda la tarde se ha hablado del desarrollo sustentable. De sacar las inmensas masas de la pobreza[1].

Mujica comprende, como pocos, que a pesar de todos sus avances técnicos,  científicos y los grados medibles de “progreso” y quizás de “civilización”, la condición humana sigue siendo frágil, llena de incertidumbres y miedos y atormentada por su finitud. Cuando el ex presidente uruguayo habla de “nuestra pobre humanidad”,  quizás nos esté invitando a una reflexión mayor que supera las preocupaciones ambientales que infortunadamente rondan a muy pocos millones de habitantes en el mundo.  Reflexión que bien podría iniciarse si aceptamos que al olvidarnos de nuestra propia fragilidad como seres humanos, e ignorar la de los ecosistemas naturales, nos convertimos en una especie peligrosa para nosotros mismos y para las otras que comparten un mismo entorno natural.

Y al avanzar en su inolvidable discurso, pero insuficiente ante la poderosa inercia que genera el “proyecto humano universal” que acompaña a la idea del desarrollo, Mujica se preguntó: “¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas? ¿El modelo de desarrollo y de consumo, que es el actual de las sociedades ricas? Me hago esta pregunta: ¿qué le pasaría a este planeta si los hindúes tuvieran la misma proporción de autos por familia que tienen los alemanes? ¿Cuánto oxígeno nos quedaría para poder respirar? Más claro: ¿Tiene el mundo hoy los elementos materiales como para hacer posible que 7 mil u 8 mil millones de personas puedan tener el mismo grado de consumo y de despilfarro que tienen las más opulentas sociedades occidentales? ¿Será eso posible? ¿O tendremos que darnos algún día, otro tipo de discusión? Porque hemos creado esta civilización en la que estamos: hija del mercado, hija de la competencia y que ha deparado un progreso material portentoso y explosivo. Pero la economía de mercado ha creado sociedades de mercado. Y nos ha deparado esta globalización, que significa mirar por todo el planeta”.

Por supuesto que estos llamados de atención resultan molestos, fastidiosos, pero al final, inocuos ante las fuerzas demoledoras del mercado global y la inconsciente reproducción humana, aupada por Iglesias y otras instituciones humanas que promueven la ocupación del planeta, de la mano de dioses  y de discursos “humanistas” soportados en un oprobioso antropocentrismo y alejados, consecuentemente, de cualquier intención ambiental de frenar, mitigar o evitar daños en los ecosistemas socio-naturales.

Mujica tocó, en su ya referido discurso, asuntos que atraviesan la compleja condición humana, de la que él intentó escapar en su búsqueda por ser coherente entre lo que piensa y hace: Mujica no tuvo hijos, vive en una pequeña finca, sin lujos, un viejo auto y una vida ascética que, por supuesto, no es modelo a seguir, porque cientos de millones de habitantes en el planeta están detrás de la consecución de más y más dinero; empobrecedora carrera que cierra la posibilidad de mirarnos como una especie más y de entender que nuestra fragilidad jamás será superada, así concentremos la mayor riqueza material posible.

Vuelve Mujica a preguntarse: “¿Estamos gobernando la globalización o la globalización nos gobierna a nosotros? ¿Es posible hablar de solidaridad y de que “estamos todos juntos” en una economía basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad?”.  No digo nada de esto para negar la importancia de este evento. Por el contrario: el desafío que tenemos por delante es de una magnitud de carácter colosal y la gran crisis no es ecológica, es política”.

Y aquí vale la pena detenernos para tratar de descifrar lo que parece evidente, pero que es de una enorme trascendencia. Si le damos la razón al político latinoamericano,  la crisis política a la que alude, arrastra variopintas  crisis de un ser humano que jamás supo qué hacer con la vida y con el arma que creó y que es la que mayor riesgo genera: el Poder.  Y es así, porque individualmente nos vamos sumando a proyectos y a asuntos colectivos sin la mayor discusión.  El poder de la tradición, por ejemplo, nos arrastra a repetir un modelo de vida humano con el que nos hacemos daño y del que se derivan efectos negativos en la Naturaleza.

Vivir representa una acción continua. Es como un juego, al que entramos  al nacer, en un completo estado de inconsciencia, nos mantenemos por varios años jugando, aplicando y exigiendo el cumplimiento de unas reglas que viejos jugadores aceptaron y validaron, pero que poco discutieron, y terminamos la partida cuando fenecemos, dejando como legado la legitimidad de un juego del que nos quejamos en varios momentos de nuestras vidas,  pero del que no pudimos salir por comodidad,  incapacidad o quizás porque alguien nos dijo que “así es la vida, que así eran las cosas”.

Y en este punto, creo que la cacareada crisis ambiental del planeta no es más que una frase con la que buscamos, contradictoriamente, esconder la implacable crisis humana de estar en el mundo, al tiempo que señalamos salidas que sabemos que técnicamente son viables, pero que social y culturalmente resultan inaplicables o inapropiadas por cuanto las condiciones en las que opera hoy la vida humana, sirven exclusivamente para distraernos de las incertidumbres que arrastramos por no saber qué hacemos en este mundo, de dónde venimos y sobre todo, un insondable para qué.

Si como dice Mujica, la crisis no es ecológica, sino política, entonces debemos de pensar en que lo que genera la crisis es el Poder, en cualquiera de sus manifestaciones.  Lo que sucede es que repensar el Poder y las condiciones en las que nace y se reproduce, nos llevaría a plantear salidas anárquicas que llenan de más miedo e incertidumbres a una ya atormentada especie humana.

Al respecto, Brigitte Baptiste, plantea lo siguiente: “se les pide a las ciencias ambientales que contribuyan a resolver las contradicciones que aparecen en el devenir conjunto de los sistemas sociales y ecológicos. Se les pide–con su poder integrador de las disciplinas– que interpreten los efectos de la evolución de las culturas humanas en el contexto del funcionamiento cambiante del planeta, con la conciencia de que es la expansión de nuestra especie la que lo ha transformado radicalmente. También se les pide que evalúen la vulnerabilidad de la vida y el nivel de riesgo para la continuidad de los experimentos sociales, que persisten después de unos pocos miles de años de historia. La primera respuesta que nos dan las ciencias ambientales es que todo lo que hemos hecho al mundo implica un cambio en nosotros mismos, pues el planeta funciona como un sistema ecológico integrado. La segunda, que los efectos de las transformaciones se producen y manifiestan a diversas escalas, lo que nos da la posibilidad única de compararlas entre sí, eventualmente aprender y guiar nuestras decisiones hacia caminos más adecuados. La tercera, que esas decisiones, urgentes ante la evidencia de los riesgos de colapso, están en manos de las instituciones humanas (tal vez un pleonasmo): así reconozcamos la voz y los derechos de las demás especies, de sus poblaciones y de la biota; debemos asumirlas como propias en un gesto de voluntad política ineludible. Las tradiciones religiosas del mundo nos recomiendan humildad en ese paso, pues a menudo la humanidad ha creído tener el control para encontrarse ante caminos sin salida, llenos de dolor. Pero de ese riesgo inherente a la condición humana tampoco se libran ellas, prestas a contribuir con políticas sin sensibilidad científica[2].

Vuelvo sobre el razonamiento de Mujica: “El hombre no gobierna hoy a las fuerzas que ha desatado, sino que las fuerzas que ha desatado gobiernan al hombre. Y a la vida. Porque no venimos al planeta para desarrollarnos solamente, así, en general. Venimos al planeta para ser felices. Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien vale como la vida y esto es lo elemental. Pero si la vida se me va a escapar, trabajando y trabajando para consumir un “plus” y la sociedad de consumo es el motor, -porque, en definitiva, si se paraliza el consumo, se detiene la economía, y si se detiene la economía, aparece el fantasma del estancamiento para cada uno de nosotros- pero ese hiper consumo es el que está agrediendo al planeta. Y tienen que generar ese hiper consumo, cosa de que las cosas duren poco, porque hay que vender mucho. Y una lamparita eléctrica, entonces, no puede durar más de 1000 horas encendida. ¡Pero hay lamparitas que pueden durar 100 mil horas encendidas! Pero esas no se pueden hacer porque el problema es el mercado, porque tenemos que trabajar y tenemos que sostener una civilización del “úselo y tírelo”, y así estamos en un círculo vicioso”.

Justamente, el pensador y operador político uruguayo toca un elemento y factor clave: “…Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien vale como la vida y esto es lo elemental…” Justamente el ser humano se olvidó de lo elemental y lo hizo, de la mano del Poder y de todo lo que de este se desprende: avaricia, malicia, injusticias, codicia, ruindad, malevolencia, odio, rencor y una larga lista de acciones y adjetivos que confirman la complejidad de nuestra condición.

Vuelve Pepe Mujica: “Estos son problemas de carácter político que nos están indicando que es hora de empezar a luchar por otra cultura. No se trata de plantearnos el volver a la época del hombre de las cavernas, ni de tener un “monumento al atraso”. Pero no podemos seguir, indefinidamente, gobernados por el mercado, sino que tenemos que gobernar al mercado. Por ello digo, en mi humilde manera de pensar, que el problema que tenemos es de carácter político. Los viejos pensadores –Epicúreo, Séneca o incluso los Aymaras- definían: “pobre no es el que tiene poco sino el que necesita infinitamente mucho, y desea más y más”. Esta es una clave de carácter cultural. Entonces, voy a saludar el esfuerzo y los acuerdos que se hacen. Y los voy acompañar, como gobernante. Sé que algunas cosas de las que estoy diciendo, “rechinan”. Pero tenemos que darnos cuenta que la crisis del agua y de la agresión al medio ambiente no es la causa. La causa es el modelo de civilización que hemos montado. Y lo que tenemos que revisar es nuestra forma de vivir”.

Si bien podemos entender que la salida a la crisis socio-ambiental que afronta el actual proyecto humano es de carácter político y cultural, llegar a consolidarla como un modelo universal de salida conlleva enormes riesgos, exigencias y cambios en las relaciones de dominación planteadas entre los Estados del mundo; y al interior de estos, profundos cambios en las correlaciones de fuerza existentes, por ejemplo en Colombia, entre quienes proponen frenar el actual modelo de desarrollo extractivo (mega minería) y aquellos que a toda costa, desde instancias de poder político y económico, insisten en la necesidad de extender las prácticas de explotación y del  crecimiento incontrolado de ciudades para el beneficio de unos pocos. 

Es urgente plantear, al tiempo que las ciencias ambientales aportan soluciones integrales, la revisión del actual “proyecto humano”,  a partir del cuestionamiento de las instituciones en donde se reproducen las actitudes, modelos, paradigmas, deseos, pulsiones y las necesidades que se van agregando y congregando a esa idea de felicidad anclada al discurso del consumo y la acumulación.  Hay que empezar por la Iglesia y la Familia, primeros núcleos de dominación, en donde lo ambiental poco o nada tuvo cabida. Así entonces, la crisis es humana-ambiental. 

lunes, 17 de julio de 2017

DEMASIADO TARDE

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Los arbitrarios, peligrosos y calumniosos señalamientos que hiciera el ex presidente y senador del Centro Democrático en contra del periodista Daniel Samper Pizano, se dan en el marco de una ya extendida polarización política e ideológica que se inició en 2002 y que a juzgar por lo acontecido y las reacciones en las redes sociales, tiende a ampliarse, consolidarse y perpetuarse.

En el rifirrafe entre el ganadero-expresidente y el periodista Daniel Samper Ospina, aparecen elementos contextuales que bien vale la pena poner de presente, después del acalorado cruce de opiniones y respaldos en las redes sociales y medios masivos de información.

En primer lugar, veo una confusión en quienes critican al periodista, incluyendo al mismo difamador, alrededor del ejercicio del periodismo. Los periodistas, bien sea a través del humor o por medio  de hechos periodístico-noticiosos, están en la obligación ética de molestar a quienes ostentan algún tipo de poder. La razón de ser del periodismo es esa: pulsar, tocar, molestar e incomodar al Poder y a los poderosos. En esa medida, las columnas, así sean reiterativas, que Samper Ospina haya escrito alrededor de las actuaciones del latifundista de marras, su familia y sus amigos del Centro Democrático (CD), están amparadas  en el deber ser del periodismo y respaldadas por principios democráticos.

Que a muchos no les parezca o no les guste el humor del calumniado, no significa que Samper deba dejar de escribir apelando a la sátira e incluso, a la burla. Cuenta con el privilegio de escribir en un medio influyente como la revista Semana, así sus columnas molesten a poderosos y a los ciudadanos que osen leerlas. Su ejercicio como columnista está amparado en la Constitución y en la ley.

En segundo lugar, en la misiva que colegas de Samper escribieron para apoyarlo y de paso criticar al caballista-senador por sus aseveraciones calumniosas y en el comunicado que publicaran el Noticiero Noticias RCN y NTN24, noto varios asuntos que resultan interesantes. En la epístola que escribieron los periodistas, encuentro un tono fuerte, que no solo resulta justo, sino digno por cuanto lo sucedido con el colega Samper Ospina amerita una reacción de ese tipo. Pero llama la atención ese mismo tono si revisamos las actuaciones periodísticas de varios de los firmantes, cuando el senador-latifundista fungió como Presidente de la República entre el 2002 y el 2010. Y digo que el tono de la misiva y su contenido resultan llamativos y engañosos en la medida en que varios de los colegas que se muestran hoy indignados por el oprobioso señalamiento del político antioqueño contra el colega Samper Ospina, fueron finos y fieles aduladores de la figura presidencial y extremadamente lisonjeros a la hora de evaluar sus políticas, en particular su Política de Defensa y Seguridad Democrática[1]. Diría que fueron periodistas amanuenses y estafetas de un régimen que maltrató a los periodistas, al oficio mismo. Hubo presiones indebidas de dicho gobierno y los firmantes de esa misiva, lo saben.

En ese misma línea, llama la atención que la reacción de apoyo al sobrino de Ernesto Samper Pizano no se produjo en el mismo sentido y tono cuando el propietario y ¨líder” del Centro Democrático arremetió en su momento contra los también periodistas Daniel Coronell, Holmann Morris y Julián Martínez del noticiero de televisión, Noticias Uno. ¿Por qué la reacción tan asimétrica, cuando se trata del mismo poderoso y atemorizante ex presidente?

En cuanto al comunicado publicado por los noticieros Noticias RCN y NTN24, señalo que me llaman la atención porque durante los 8 años de gobierno de AUV, sirvieron de ruedas de transmisión e hicieron posible la amplificación y consolidación de la ideología conservadora en la que se instala el ganadero-expresidente; además, estos mismos canales informativos coadyuvaron en buena medida a deificar la imagen del político antioqueño, hasta elevarlo al carácter de salvador, redentor y Mesías y, por esa vía, presentarlo como “irremplazable”, hasta posicionar la idea de que sin él, vendría la “hecatombe”. 

Es posible pensar que el comunicado de los dos noticieros de RCN se produce por dos razones: una, por un genuino respaldo al periodista bogotano y sobrino del ex presidente Samper Pizano; o porque las críticas que de tiempo atrás recibe la directora de Noticias RCN por los sesgos con los que orienta el cubrimiento del proceso de Paz de La Habana y la perdida de audiencias, preocupan al millonario propietario del Canal RCN. Baste con recordar el episodio aquel cuando la senadora Claudia López Hernández abandonó el set de noticias RCN por el sesgo ideológico y político con el que valoraban en ese momento un hecho noticioso en torno al proceso de paz de La Habana.

Con todo lo anterior, aplaudo la reacción de los colegas de Samper Pizano y las asumidas por los señalados noticieros, al rechazar de manera unánime las calumnias que el político conservador profirió en contra de la honra del “youtuber” de 40 (o de 42). De igual manera, celebro la reacción de la FLIP y de muchos ciudadanos en las redes sociales.

Y señalo, además, que las críticas que hoy esa parte del periodismo bogotano hace al ex presidente, llegan tarde, demasiado tarde. Ya el daño está hecho, pues todos sabemos que AUV fue una invención mediática y el cruel experimento de sectores de ultraderecha que quisieron medir hasta dónde podrían llegar con un Gobierno y un gobernante que borró los límites entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo legal y lo ilegal e impuso el Todo Vale, que incluye, por supuesto, la intimidación, persecución y odio visceral contra los periodistas y contra el noble oficio.  



Imagen tomada de flip.org.co




[1] Véase el libro De la democracia radical al unanimismo ideológico, Medios de comunicación y seguridad democrática. UAO, 2006. 

viernes, 14 de julio de 2017

LA MESÍAS VIVIAN MORALES

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


 Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Sotanas, crucifijos y la bota militar deben, y por seguridad, estar confinadas en abadías y cuarteles, en un eterno invierno.

Avanzaremos como sociedad civilizada cuando dejemos de creer en Mesías, en Héroes y Patriotas.

La fuerza mesiánica de líderes de izquierda o de derecha, termina por confundir política con religión.

El diezmo es el 'impuesto' o la cuota que deben pagar los creyentes, por su incapacidad de pensar por sí mismos.

ios y Política, como armas de dominación, siempre harán posible que sus líderes se enriquezcan a costa de las mayorías.

La ignorancia y el miedo a pensar por sí mismos, facilitan la llegada de evangelizadores y falsos profetas.

La aspiración presidencial de la congresista Vivian Morales se enmarca dentro del peligroso e inconveniente proceso de “moralización” de la Política y de la vida civil, que ya había iniciado el caballista que estuvo en la Casa de Nari entre 2002 y 2010. Y lo hizo, desde el preciso momento en el que le dijo a la juventud colombiana que “había que aguantarse el gustico”. 

Posterior a las acciones discursivas de este político conservador, sobrevinieron las del fanático religioso y miembro del insepulto partido Conservador, Alejandro Ordóñez Maldonado, quien convirtió el edificio de la Procuraduría en el cuartel general desde el que adelantó la persecución de impíos y de toda suerte de paganos. Desde su imbatible e inexpugnable trinchera ideológica, persiguió a políticos de izquierda, a mujeres que defendieron su derecho a abortar de acuerdo con los casos determinados por la Corte Constitucional y a los miembros de la llamada comunidad LGTBI que retaron su moral y su acomodaticia ética, al exigir el reconocimiento del matrimonio igualitario.

Así entonces, la candidatura de la conservadora Vivian Morales, que milita erróneamente en el Partido Liberal, responde a una línea de pensamiento que busca “restablecer las buenas costumbres, regenerar a la sociedad, castigar a los liberales y perseguir el libertinaje”.

La invitación que hace Morales a todos los “creyentes del país, a los católicos, a cristianos, a evangélicos y a las mayorías”, se inspira en el mismo proyecto conservador, en lo moral,  en el que confluyen el ganadero-expresidente y el anulado Procurador, al tiempo que se instala en la lógica económica neoliberal. Es decir, los tres son liberales, en lo económico, aunque pre capitalistas; y son conservadores en asuntos que tocan y entran en fuerte y directo conflicto con los avances en materia de derechos y libertades que el país logró con la Carta Política de 1991. Más claro: son moralistas, pero sin pizca alguna de moral.

Con la enunciación de su aspiración política, Vivian Morales entra en el juego de las alianzas que muy seguramente se darán después de la primera vuelta presidencial, en la que, a juzgar por las actuales circunstancias sociales, culturales y políticas, ningún candidato lograría vencer en esta instancia. Así entonces, si logra vencer en la consulta interna o si decide presentarse por firmas, muy seguramente Morales y Ordóñez terminarán unidos por el objetivo moralizante y moralizador que los une: “devolverle la decencia al país, recuperar los valores, la tradición y las buenas costumbres”. Y muy seguramente acompañarán al candidato qué diga Uribe, si este logra pasar la primera vuelta.

Su odio visceral a todo tipo de minorías, lo deja claro en el video que grabó y con el que oficializó su precandidatura. Morales dice: “Claro que es con valores, claro que es con democracia y claro que es con las mayorías que salvaremos a Colombia[1]. Y se despidió con “Dios los bendiga”.

Eso sí, el proceso de “moralización” de la política en los que confluyen Uribe, Morales, Ordóñez  y  el silencioso Vargas Lleras, no incluye atacar en lo más mínimo el ethos mafioso y la corrupción que brilla hoy con mayor esplendor gracias al silenciamiento de los fusiles de las Farc, y a que desapareció de la agenda noticiosa el conflicto armado interno con toda su capacidad para obnubilar la atención de las audiencias.

Para estos políticos la corrupción no existe y mucho menos puede calificarse como indebida o pecaminosa si detrás de las acciones y decisiones dolosas de los operadores políticos y judiciales, está el proyecto de mantener el establecimiento a toda costa y el logro del objetivo mayor de “salvar a Colombia”.

La Mesías Vivian Morales habla de “salvar al país” y es claro que para ella hay que salvarlo del pensamiento de izquierda, de los libre pensadores, de los ateos, agnósticos, de los críticos, de los defensores de los derechos humanos y del medio ambiente, entre otras causas.  Para la Mesías y a los otros tres godos disfrazados de liberales, les digo lo siguiente: Cuando una sociedad cree y espera la llegada de un Mesías, es porque aún no está madura para vivir en democracia.



miércoles, 12 de julio de 2017

MISIÓN DOS

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Con el visto bueno del Consejo de Seguridad de la ONU, a partir del 26 de septiembre del año en curso iniciará actividades en Colombia la 2da misión de las Naciones Unidas. Una vez terminada las labores desarrolladas por la 1ra Misión, de carácter militar para verificar el desarme de las Farc, la 2da tendrá, por supuesto, un carácter civil dado que el asunto clave sobre el cual girará su acompañamiento tiene que ver con la reincorporación o la reintegración social, económica y política de las ex combatientes de las Farc.

La decisión del Consejo de Seguridad de la ONU representa un enorme espaldarazo al proceso de paz, lo que significa que el organismo internacional valida, legitima y reconoce la seriedad con la que el Gobierno de Santos y la dirigencia de esa guerrilla asumieron la negociación política con la que se puso fin al conflicto armado interno. 

De igual manera, la trascendental decisión se dio y se debe entender,  por los riesgos que afronta desde ya y afrontará a partir del 2018, la etapa de implementación del Acuerdo Final, expresados en las amenazas lanzadas por los enemigos de la pacificación del país por la vía de la negociación política. Recordemos que el ganadero y ex presidente Álvaro Uribe Vélez, su ex ministro, Fernando Londoño Hoyos y el hoy candidato presidencial  y anulado Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez Maldonado, en varias ocasiones han expresado que de llegar al poder en 2018, “harán trizas ese maldito papel que llaman el Acuerdo Final”. Aunque con algunos matices, los señalados enemigos de la paz, buscarán torpedear el complejo proceso de implementación de lo acordado en La Habana, a pesar del blindaje jurídico que rodea al mismo tratado de paz.

Justamente, por las oscuras, tozudas, malintencionadas, interesadas y mezquinas pretensiones del Centro Democrático y de otros sectores de poder económico, militar y político de anular o desconocer lo negociado, es que las Farc y el Gobierno de Santos solicitaron a la ONU que se diera una segunda misión.

Con la presencia de la ONU en el marco de esa segunda misión, se manda un claro y contundente mensaje a los férreos opositores y enemigos de la implementación del Acuerdo Final firmado en el teatro Colón de Bogotá: los ojos del mundo, de los países garantes y de la llamada comunidad internacional, estarán encima de las decisiones políticas, jurídicas y administrativas que se adopten de cara a garantizar el efectivo cumplimiento de la palabra empeñada en La Habana. Lo que significa que la vigilancia y el acompañamiento de la ONU servirán para notificarle al mundo, dado el caso, de las acciones que decidan emprender alcaldes, gobernadores, empresarios del campo, congresistas y los tres ya señalados enemigos de la paz, con el firme propósito de torpedear, atentar, frenar o enrarecer la etapa de la implementación.

De esta forma, el decisivo escenario electoral de 2018 tendrá como ingrediente político-lectoral la presencia de esa segunda misión de la ONU, en la medida en que sus labores de  acompañamiento y vigilancia, que se inician el próximo 26 de septiembre, se tornarán más difíciles y complejas si a la Casa de Nariño (o de Nari, dependiendo de quién gane las presidenciales), llega Ordóñez Maldonado o el que diga Uribe.


Sin duda, como sociedad y Nación enfrentaremos en 2018 el reto más grande de la reciente historia del país: el de dar vuelta a las páginas de la guerra, y empezar a escribir o quizás enmarañar, los delicados y aún blancos folios de la paz. Ojalá el electorado esté a la altura de semejante reto histórico. Por todo lo anterior, bienvenida esa Misión dos. 



Imagen tomada de Colombia.unmissions.org


lunes, 10 de julio de 2017

¿Vendrá un Nuevo Mesías?

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

La Corrupción en Colombia siempre será una noticia en desarrollo

Los recientes escándalos mediáticos por los probados hechos de corrupción cometidos por el  ¡Fiscal anti corrupción!, Gustavo Moreno  y las campañas y acciones que lideran los senadores Claudia López Hernández y Jorge Enrique Robledo en contra de las prácticas corruptas de funcionarios estatales, bien podrían servir para generar hastío en la sociedad para que sus miembros no solo rechacen esas prácticas y el ethos mafioso que las sostiene, sino para que tomen conciencia individual y colectiva que permita, en el 2018, elegir a quien de verdad sea un candidato presidencial probo  y con la autoridad moral suficiente para iniciar una lucha frontal contra los corruptos.

En una casual reunión con amigos y compañeros de trabajo, uno de ellos expuso una tesis que llamó mi atención, hasta el punto que motivó la escritura de esta columna de opinión: más o menos dijo mi interlocutor que todo el escándalo mediático y político en torno a la corrupción serviría para alimentar la idea de que se necesita de un Presidente capaz de poner orden en un país que deambula en medio de la confusión, el desorden  y la crisis.

Es decir, que las campañas contra la corrupción y las noticias que dan cuenta de  escándalos como los de Odebrecht, la Ruta del Sol, Reficar y ahora, con el caso del ex fiscal anticorrupción-corrupto, Gustavo Moreno, van posicionando la idea de que el país necesita de un líder que, además de carismático, sea capaz de “luchar” en contra del sempiterno problema de la  corrupción público-privada que Colombia padece.  Esa tesis propuesta merece las siguientes disquisiciones:

Así como en el 2002 las sangrientas y feroces tomas guerrilleras, las “pescas milagrosas” y la  generalizada sensación de inseguridad que se respiraba en las principales urbes abrieron el espacio electoral y político a Uribe Vélez,  para el 2018, la lucha contra la corrupción será el asunto público que hará viable la candidatura presidencial de aquel cuyo su discurso anti corrupción genere mayor credibilidad y confianza en las audiencias y en el electorado. Así se trate de un discurso que, aunque  vacío o inocuo, los medios masivos lograrán posicionarlo, aprovechando el carisma del candidato o en previos compromisos políticos asumidos por la empresa mediática, el candidato y los sectores de poder económico y político que sostienen tanto al medio de comunicación, como al candidato mismo.

Así entonces, en los tratamientos noticiosos, que devienen acomodados y poco profundos, la Gran Prensa puede posicionar o estar  posicionando la idea de que el país está desordenado, que falta liderazgo y una mano fuerte contra los corruptos. Eso sí, a la Gran Prensa no le interesa generar un generalizado hastío social en torno a las prácticas corruptas, por cuanto cualquier análisis que se intente, pondría al descubierto el carácter estructural de la corrupción, circunstancia que bien podría llevar a  develar que los propietarios de las empresas mediáticas y sus finas relaciones de poder están permeadas por actos de corrupción.

Por el contrario, la estrategia mediática es “individualizar” y mantener la corrupción alejada de familias prestantes de la política y de la sociedad civil. Por ello, se insiste en que el ex fiscal corrupto, Gustavo Moreno, es un caso aislado de un hábil y trepador funcionario que no compromete la solvencia moral y ética del Fiscal General de la Nación y mucho menos, de quienes apoyaron políticamente a Néstor Humberto Martínez Neira para llegar a la Fiscalía; o a quienes desde la sociedad civil vieron con buenos ojos la llegada del ya controvertido funcionario, por la puesta en marcha la Jurisdicción  Especial para la Paz (JEP).

Al ocultar que la corrupción es un asunto estructural  y un problema cultural generalizado,  los Medios Masivos poco a poco van configurando el escenario propicio para que aparezca un Mesías que ofrezca cambiar lo que todos sabemos que no se puede cambiar, pero que la propaganda política y la contaminada información noticiosa hacen que parezca posible, verosímil y creíble.  Así entonces,  lo más  probable es que ese “nuevo” Mesías salga de las huestes del Uribismo, o al final, será Germán Vargas Lleras quien aparezca, por arte de birlibirloque, como el salvador que necesita Colombia. Ya sucedió una vez con el hacendado que la Prensa, la Derecha y los Gremios convirtieron en un incontrastable e irremplazable redentor. Así que, puede ocurrir  de nuevo.

Hasta aquí, muchos lectores dirán que la demostrada corrupción que propició y consolidó el caballista y latifundista, Álvaro Uribe Vélez entre 2002 y 2010, le generó tal desprestigio, que su ungido terminará derrotado en las urnas. O que los escándalos por corrupción en la Gobernación de La Guajira, entre otros casos, son suficientes para que la candidatura  de Vargas Lleras no prospere. Craso error.  A los dos les basta con tener ese carácter de Machos cabríos, capaces de dar en la cara marica y pegar coscorrones, para contar con el aprecio de millones de colombianos a los que no les alcanza su moral y ética ciudadana para sentir hastío por la evidente corrupción política que los relaciona y la que por estos días el país comenta. Estos compatriotas que apoyan a estos dos políticos, creen más en sus discursos autoritarios, que en el manido discurso anti corrupción. Para aquellos, primero está la “mano dura” y en un segundo lugar la decencia, la ética y la moral pública.

Al seguir la tesis enunciada,  los escándalos mediáticos y las campañas que promueven y lideran contra la corrupción Jorge Enrique Robledo y Claudia López estarían mandando un mensaje no de tedio o fastidio hacia las prácticas dolosas  y fraudulentas que se promueven desde los partidos políticos, sino de desorden y de falta de “autoridad”  y “mano dura”. Y justamente allí, volverá nuevamente a jugar la imagen de aquel candidato que ofrezca “ponerle límites a las prácticas corruptas y a perseguir a los corruptos”. Eso sí, muy al estilo de Turbay Ayala.  

Ese Mesías, que ya no deberá “acabar con las Farc”, estará obligado a ofrecer transparencia, pero sobre todo, venderá la idea de que el país se descuadernó en el Gobierno de Santos. Y por ese camino, y de carambola, entra el tema del Acuerdo de Paz, que no es más que otro elemento que aumenta la sensación de que el país efectivamente deviene descuadernado y por ello necesita de un renovado y recargado Mesías. Por ello, Vargas Lleras y el que diga Uribe, sostendrán sus campañas en la falacia que indica que es urgente “recomponer el camino”.  No se descarta que el corrupto Alejandro Ordóñez Maldonado se sume a la fiesta mesiánica, aunque con una bandera distinta, pero igual de atractiva: la Familia y la moral religiosa están en riesgo.

Todo quedará en manos de la publicidad política que aunque siempre deviene engañosa, para millones de colombianos será suficiente para llevar, con sus votos,  a la Casa de Nariño o a la  de Nari, a quien ofrezca Mano dura y autoridad, y por qué no, coscorrones y todo de tipo de improperios y ese lenguaje soez que ya exhibió el hacendado antioqueño. Al final, es claro que esos colombianos soportan con mayor facilidad la corrupción, que a un Presidente que no tenga los pantalones y el carácter suficiente para enfrentar a esos “otros corruptos” que no dejan avanzar al país,  a quienes defienden “ese maldito papel que llaman el Acuerdo Final” y por supuesto, a aquellos que desde la izquierda exigen respeto a los derechos humanos y defienden la Naturaleza de los proyectos minero energéticos en los que los nuevos y viejos Mesías creen a pie juntillas.

Con todo lo anterior, es posible preguntarse: ¿cómo es posible que al denunciar y querer frenar la corrupción, se termine beneficiando a quienes han sido señalados como clientelistas y probados aupadores de prácticas corruptas?

Atino a dar las siguientes posibles respuestas: 1. Porque desmantelar la corrupción es una tarea imposible, que implica reconocer la podredumbre del actual Régimen de poder y proponer su desmonte. 2. Porque el ejercicio periodístico debe garantizar la espectacularidad de los hechos corruptibles, pero jamás motivar el discernimiento social en torno a los orígenes y a los  aupadores de la corrupción en Colombia. 3. Porque perdimos los límites de la decencia y  ya no podemos distinguir entre lo que es correcto y lo que no lo es. 4. Porque de tiempo atrás, la política y su ejercicio cotidiano convirtió a la función pública en una bolsa de empleo a donde llegan las hojas de vida de las clientelas que logran consolidar Congresistas, Ministros y Presidentes.


De esta forma, convertida la política y su connatural función pública en una bolsa de empleo, los Presidentes en Colombia, incluye al ex Mesías y al nuevo que muy seguramente aparecerá, saben muy bien consolidar clientelas en todas las clases sociales: a los ricos, les tramitan ventajas fiscales y contratos multimillonarios; a la clase media, contratos millonarios, puestos en entidades estatales y becas; y a la clase baja, lentejas, tamales, bultos de cemento y la construcción de un parque.  Veremos en el escenario 2018 para qué sirvieron los escándalos mediáticos por cuenta de una corrupción que solo puede ser vencida con una profunda revolución cultural, que debe iniciar en el empresariado. 


Imagen tomada de Semana.com 

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