NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.
Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

miércoles, 30 de agosto de 2017

Es tarde para la sustentabilidad

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Parece haber consenso académico alrededor de la idea de que afrontamos una crisis socio ambiental, que cuestiona los procesos civilizatorios y el modelo de civilización occidental. Menos acuerdos hay en el ámbito del ejercicio del poder político, entre gobernantes que siguen examinando la situación desde las lógicas Centro-Periferia en la esfera internacional; y quizás, se replique esa falta de consenso en el escenario (local-nacional) entre alcaldes, gobernadores y sucesivos gobiernos; y lo más preocupante e importante, es reconocer que a las grandes mayorías de ciudadanos, especialmente los urbanizados, poco o nada les interesa, los cuestiona, o llama su atención, saber acerca de los efectos negativos que dejan en los ecosistemas naturales el  actual modelo de desarrollo económico y la presencia misma del ser humano.

Repetimos y repetimos sin cesar que la crisis ambiental pone en riesgo la vida del planeta y la de los seres humanos, primeros y directos responsables de los procesos de transformación y de los daños infringidos a ecosistemas naturales estratégicos y frágiles. ¿Pero qué se ha logrado cambiar? Creo que muy poco.

Que hoy ciudadanos en el mundo tengan y exhiban una “mayor conciencia ambiental” que los haga proclives a adoptar medidas y acciones como bajarle al consumo de bienes y servicios no sustanciales, preferir la bicicleta y el transporte público, apagar las luces y reciclar en la fuente, entre otras tantas acciones y prácticas, resulta esperanzador, pero no suficiente porque el sistema económico, fuente de los modelos extractivos, se mantiene incólume, a pesar de que se insiste en la idea de que el capitalismo está llegando a su fin.

Desde una perspectiva estructural y sistémica, me pregunto: ¿qué ha cambiado? Insisto: muy poco. El sistema extractivo continúa con su agresión a ecosistemas frágiles y estratégicos, así como a pueblos ancestrales, afros e indígenas, que de tiempo atrás mantienen una relación inmanente con la naturaleza como es el caso de las comunidades negras del Pacífico colombiano y los indígenas Nasa en el norte del Cauca. 

A pesar de la sapiencia y los procesos de resistencia de dichas etnias, el modelo de desarrollo continúa hablando de crecimiento económico,  productividad, competitividad y calidad, al tiempo que el comercio y el sistema financiero apelan a toda suerte de estrategias para promover el consumo, hasta lograr altos índices de consumismo, en particular en los ciudadanos que viven y sobreviven apiñados en ciudades mal planificadas y con problemas de sostenibilidad, por ejemplo, alrededor del recurso agua, como la ciudad de Cali.

Nadie niega la importancia de debatir sobre el actual modelo de desarrollo, en el marco de un sistema capitalista que desdobló una fuerza descomunal que el ser humano ya no puede controlar: el mercado. Estamos inmersos en el mercado y hasta la vida misma ya deviene en términos de la oferta y la demanda. Hasta la Escuela entró ya en esa lógica y por esa vía aporta a la consolidación de ciudadanos-clientes, preocupados cada vez más por cómo detener el envejecimiento, o qué hacer para distraerse porque la vida actual, deviene sin mayor sentido.

Otra idea que repetimos y repetimos es aquella que alude a que se acabaron los grandes relatos y las utopías; expresiones estas con las que quizás, en el fondo, buscamos el sosiego suficiente para aceptar que no hay salidas concretas y soluciones fáciles a los retos que nos pone la actual crisis civilizatoria, que tiene en la crisis ambiental, a su mayor y visible exponente.

También replicamos la idea de que se necesita de un profundo cambio cultural. Y del lado de la ciencia y de la técnica, responden que los daños que le hemos producido a la naturaleza en el marco de una concepción de lo que debe ser el desarrollo, pueden ser remediados por la misma técnica que los produjo. Sin duda que ello se puede lograr, pero…

De esa forma, la crisis ambiental planteada se va consolidando como una suerte de gran relato, que recoge el mismo error de los anteriores grandes relatos: solo son reconocidos en ámbitos académicos, filosóficos y políticos. Grandes relatos que poco o nada permearon la vida de ciudadanos, las grandes mayorías urbanizadas que en el día a día, pasan el tiempo resolviendo el problema del sustento, del transporte y de una azarosa vida, sobre cuyo sentido es mejor no preguntarse. No hay tiempo, en ese contexto, para pensar. Ese sí es un efecto claro y perverso que nos deja el actual sistema económico, social, político y cultural de una modernidad homogeneizante.

Así entonces, considero que es tarde para la sustentabilidad. Y es así, porque el ser humano, como animal cultural, lo que ha creado es un complejo entramado de relaciones, discursos y prácticas que permiten que cada ciudadano y grupo de poder justifique su actividad y posturas frente al “problema del medio ambiente”, lo que dificulta la toma de conciencia colectiva alrededor del daño que como especie provocamos no solo a la naturaleza, sino el que de disímiles maneras nos provocamos a través de ejercicios de violencia simbólica y física.

Si, por supuesto que la actual crisis socio ambiental tiene un fuerte arraigo cultural, pero dejamos de lado un hecho inexorable que explica el actuar del ser humano: la finitud. El sabernos finitos hace que todo lo que construimos (material e inmaterial) responde a esa condición que nos atormenta y que a la vez motiva a explotar sin consideraciones ecológicas, ambientales y sistémicas unos recursos que hacen parte de un gran ecosistema del que hace rato tomamos distancia.  

Por esa vía, entonces, la crisis no es tanto civilizatoria, sino ontológica. La especie humana, consciente de que va a morir, creó un mundo artificial con el que no solo justifica su estar en el mundo, sino que intenta sobrellevar la angustia que le produce vivir, intensamente, para fenecer. El problema de la actual crisis ambiental no es cultural o civilizatorio. Es del Ser. Por ello señalo que las preocupaciones ambientales por pensar y alcanzar un “desarrollo sustentable” llegan tarde. Es tarde para la sustentabilidad. Todo lo que el ser humano ha consolidado como especie dominante, lo llevó a enmascarar, con los avances tecnológicos y el sentido del progreso, la crisis ontológica de una especie, como la humana, que tardíamente entendió que hace parte de un gran ecosistema y que el error quizás esté en tener la capacidad de transformarlo anteponiendo sus angustias, miedos e intereses.  O quizás, el gran error esté en la capacidad o la creencia de que puede tomar distancia sistémica. 

La gran contradicción está en haber creado un sistema cultural que se (auto) reproduce, sin haber logrado matizar, entender y comprender la angustia que le produce al ser humano el saberse finito. Por ello, todo lo producido material e inmaterialmente esté impregnado con ese mismo carácter finito de la vida humana, de allí el impulso y la pulsión que está detrás del desarrollo extractivo: volver finita la Naturaleza. 

Imagen tomada de radionacional.co

martes, 29 de agosto de 2017

Cordón umbilical


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

En democracias restringidas como la colombiana, los partidos políticos tradicionales suelen jugar a favor de aquellos  sectores de poder que, como parte del Establecimiento, trabajan para mantener las co-relaciones de fuerza y las condiciones de operación del régimen de poder. A pesar de las crisis programática e ideológica que afrontan los Partidos Políticos, estos  siguen jugando un papel clave para la democracia, de allí que la debilidad de estos se traduce en el empobrecimiento del régimen democrático; por el contrario, su fortalecimiento bien podría garantizar en algo la ampliación de la democracia.

Bajo esas circunstancias, aquellos grupos emergentes que desean conquistar el poder estatal, o aquellos otros tradicionalmente marginados del sistema político, como la izquierda, suelen presentar a sus líderes  y candidatos a cargos de elección popular, en las contiendas electorales, bajo la modalidad de firmas, estrategia que claramente les permite no solo presentarse como “nuevas” opciones ciudadanas (cívicas), sino que les sirve para tomar distancia política, así sea momentánea, de los partidos políticos tradicionales.

En la actual coyuntura pre electoral y con la  conversión de las Farc en partido político, en el marco del hasta ahora exitoso proceso de paz adelantado con el Gobierno de Santos,  presentarse por firmas dejó de tener esa especial característica y pasó a convertirse o reducirse a una vulgar estratagema de políticos tradicionales que aparentemente desean tomar distancia, bien de los partidos tradicionales, o de las micro empresas electorales que años atrás les sirvieron para intercambiar, con sucesivos gobiernos, apoyo político a iniciativas de carácter jurídico, a cambio de contratos, ministerios o el manejo territorial de corporaciones y entidades descentralizadas.

El caso de Germán Vargas Lleras resulta paradigmático. El curtido político se presentará a la contienda electoral de 2018, para hacer trizas el Acuerdo Final, a través de un movimiento de firmas. Es decir, Vargas Lleras pretende cortar el largo y sucio cordón umbilical que lo unió por años a la micro empresa electoral Cambio Radical. Dicha colectividad deviene asociada de tiempo atrás, así como su mentor, con prácticas clientelistas (corruptas), hecho que obliga a Vargas Lleras a tratar de limpiar su imagen y la de su micro empresa electoral, y por esa vía, presentarse como una opción política legítima y renovada. Sin duda, estamos ante un intento por lavar una imagen manchada por sucesivos escándalos de corrupción política.

Entienden los asesores políticos de Vargas Lleras y el candidato mismo, que hoy en la agenda mediática y política la corrupción es el tema que preocupa a las audiencias y a los electores, en la medida en que estos grupos sociales comprendieron, un poco tarde, que el problema de Colombia ya no son las Farc, sino el saqueo y la depredación de las finanzas del Estado por cuenta de la corrupción que, para el caso de Colombia, deviene estructural, hasta el punto de que al tratar de desmontarla, se tocarían los propios cimientos del Establecimiento. Es claro que la fuerza de la corrupción está en el ethos mafioso que se entronizó en los partidos políticos y en la sociedad.

Así entonces, Vargas Lleras no solo ensombrece al mecanismo de recolección de firmas, sino que cree y confía, a pie juntillas, en que tiene el suficiente apoyo “popular” para recoger las firmas necesarias que avalen su afán de llegar a la Casa de Nariño (¿o a la Casa de Nari?)


Los electores deben comprender que estamos ante un vulgar engaño: Vargas Lleras no puede tomar distancia de su “partido”, por cuanto lo une a esa maltrecha colectividad, desde de la ética, un largo, tenebroso y sucio cordón umbilical que no solo es irrompible, sino que deviene históricamente marcado por su codicia y por el afán de cumplir con la “obligación” histórica que heredó de su abuelo y su familia: ser Presidente de Colombia, a como dé lugar. Se trata de una “obligación genética”. Veremos qué sucede con esa innoble recolección de firmas y con la candidatura de quien, junto a Ordóñez y al que diga Uribe, buscarán hacer trizas el Acuerdo de Paz. 


Imagen tomada de El Espectador.com 

domingo, 27 de agosto de 2017

Disquisiciones sobre el Desarrollo

Por Germán Ayala Osorio[1]

Las críticas al modelo de desarrollo que impuso el proyecto de la modernidad (euro modernidad), llegan a su punto más álgido cuando los efectos negativos producidos por las actividades antrópicas desplegadas a lo largo y ancho del Planeta no solo se hicieron visibles, incontrovertibles y preocupantes, sino que comprometieron y comprometen aún el bienestar de un ser humano que insiste en mirarse por fuera de la Naturaleza.

La aplicación a raja tabla de los principios y valores del proyecto de desarrollo moderno no solo sometió y transformó ecosistemas naturales, sino que permitió la construcción de un modelo ideal de vida (la ciudad y lo urbano), que entronizó culturalmente la idea de que el ser humano efectivamente debía actuar, inexorablemente, por fuera de cualquier consideración sistémica capaz de hacerlo partícipe como especie, de un complejo entramado de relaciones ecosistémicas.

La discusión entonces, alrededor del tipo de desarrollo que se debería agenciar ante  y por problemas climáticos, asociados a un problema de ciclos, pero también, a procesos contaminantes; o por las afectaciones de tipo funcional producidas en ecosistemas fundamentales para la vida del ser humano y de otras especies (vegetales y animales), debe pasar, necesariamente, por la revisión a conciencia del lugar que el ser humano, como especie, está dispuesto a darse dentro de la Naturaleza, lo que de manera clara no solo le pone límites al desarrollo, sino a las expectativas sobre las cuales se legitimó e impuso el actual modelo de desarrollo.

Por esa línea, la discusión pasa por la reconstrucción del aparato institucional[2] que los agenciadores del desarrollo crearon. Es decir, hay que someter a revisión el Estado moderno y la institucionalidad derivada de su actuar que, en casos como el colombiano, deviene corporativo y sujeto a los intereses de una élite poderosa (urbanizadores, ganaderos, latifundistas y agroindustria), poco interesada en discutir què tipo de desarrollo se debería aplicar para un país biodiverso y étnicamente complejo como Colombia.

De igual manera, las nuevas apuestas discursivas alrededor del desarrollo, con o sin el “apellido” sustentable o sostenible, deberían de pasar por la comprensión de un concepto que damos por conocido y comprendido, porque se asume como fruto de un proceso natural, asociado a la evolución técnica, tecnológica y científica que el ser humano ha logrado hasta el momento.

Entiendo el desarrollo[3] a secas, sin “apellido” alguno, a un largo proceso de transformación, natural y cultural que, al hacerse continuo, hegemónico y no relacional, logra modificaciones sustanciales y en muchos casos irreversibles de entornos naturales (históricos), sobre los cuales el ser humano, la especie humana, estableció una relación de dominación (consciente e inconsciente) que no solo justificó las actividades antrópicas desplegadas, sino que lo consolidó como una especie capaz de vivir -asumirse- por fuera de la Naturaleza.

En ese orden de ideas, propongo considerar la noción de desarrollo sostenible o sustentable, mas desde una perspectiva comprensiva, crítica y correctiva de las acciones, decisiones y transformaciones tomadas y alcanzadas en el marco de lo que se conoce como Desarrollo, que desde aquella que pueda proclamar el desarrollo sostenible como un “nuevo” empezar para el ser humano y para la lógica relacional que con dificultades se dio entre aquel y la Naturaleza.

Así entonces, asumo el desarrollo sostenible como un proceso de comprensión, valoración y de análisis crítico de las transformaciones naturales y culturales logradas y alcanzadas en el marco “original” del Desarrollo, tal y como lo impuso el proyecto moderno europeo.

Y no se trata de evaluaciones para insistir en los ya referidos efectos negativos que el ser humano viene dejando en su devenir histórico; de lo que se trata es de repensar política, étnica, social, cultural y económicamente el concepto de Desarrollo, con el propósito de que hacia adelante, las decisiones que se adopten en materia ambiental, se tomen desde una lógica relacional que no solo ponga en la balanza los efectos de la obra ingenieril o la acción de intervención en un ecosistema natural, sino que establezca las finas relaciones internas, entre especies, que co-existen entre el ecosistema a intervenir.

Pensar en un desarrollo sostenible obliga a la revisión conceptual de las nomenclaturas que dieron vida y sostuvieron política e ideológicamente a esa idea universalizante de Desarrollo: crecimiento económico, modernidad, progreso, avance, relaciones Norte-Sur; subdesarrollo y tercer mundo-primer mundo, entre otros.  

Hay que ir un poco más allá y pensar en discusiones filosóficas alrededor del poblamiento, es decir, en controles y auto controles de la natalidad, lo que implica que la Mujer asuma la maternidad como un asunto político que la lleve a decidir si de verdad quiere ser madre, analizando las actuales y complejas condiciones socio ambientales; así como en la conservación de bosques y otros ecosistemas que además de prestar servicios ecosistémicos “tradicionales”, ofrecen una alternativa estética, de goce estético, para unas sociedades urbanizadas que exhiben problemas graves de convivencia y que son síntomas, en muchos casos, del “cansancio” visual que produce una arquitectura y un urbanismo forjado sobre la desaparición de ecosistemas naturales que se pudieron integrar a las obras ingenieriles y arquitectónicas.  La discusión, por supuesto, continúa.




Imagen tomada de eltiempo.com


[1] Estudiante del Doctorado en Regiones Sostenibles, Universidad Autónoma de Occidente, Cali-Colombia.
[2] Arturo Escobar señala que “el <<desarrollo>> hizo posible la creación de un vasto aparato institucional a través del cual el discurso se convirtió en una fuerza social real y efectiva transformando la realidad económica, social, cultural y política de las sociedades en cuestión. Este aparato comprende una variada gama de organizaciones; desde las instituciones de Bretton Woods (BM y FMI) y otras organizaciones internacionales (sistemas de la ONU), hasta las agencias nacionales y locales de planificación y desarrollo”. El desarrollo (de nuevo) en cuestión: algunas tendencias… p. 29. 
[3] Dentro de la definición dada, por supuesto que cuento a las variables económica, política y social, congregadas en la categoría cultura o de lo cultural, como único factor diferenciador de los otros animales.  

martes, 22 de agosto de 2017

INTERDISCIPLINARIEDAD Y SOSTENIBILIDAD

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social, politólogo y Estudiante Doctorado en Regiones Sostenibles.

Ante las complejas realidades construidas por la acción transformadora del ser humano, de tiempo atrás, aunque ese pasado no es muy remoto, se viene hablando de la necesidad de pensar y tratar de comprender el mundo y las realidades humanas desde enfoques o perspectivas sistémicas, ecosistémicas, interdisciplinares y complejas.

Las discusiones académicas dadas alrededor de la urgente necesidad de romper el paradigma disciplinar con el que actuó durante siglos la Academia y la investigación científica, ponen en crisis objetos de estudio, epistemologías particulares y marcos mentales tradicionalmente dispuestos para explicar fenómenos desde ópticas cerradas y ejercicios disciplinares cerrados.

Y esas crisis aparecen, se producen o se consolidan, en mayor grado, cuando se habla de sustentabilidad o sostenibilidad. De esa manera, se ponen en crisis no solo el concepto  de desarrollo, sino el de desarrollo sostenible apropiado en los años 70, en la medida en que ya lo ambiental, en perspectiva naturalista-conservacionista, ya no es suficiente para explicar los efectos, negativos y positivos, que dejan las actividades antrópicas, y mucho menos puede dar claridad sobre el devenir del Hombre a partir del reconocimiento de la actual crisis ambiental, considerada por muchos como una crisis civilizatoria- cultural, producto de la compleja condición humana y del lugar dominante desde donde actúa, se representa la realidad e interviene en los ecosistemas naturales.

Pero no es fácil abandonar los feudos disciplinares desde donde, con relativa comodidad, investigadores y profesores dieron explicaciones sobre hechos y fenómenos pensados a priori, desde la lógica disciplinar. Por ello, se requiere no solo de una actitud proactiva de cara a romper prácticas paradigmáticas, sino de ejercicios de conceptualización y de generación de consensos que faciliten la articulación epistemológica de disciplinas que durante siglos actuaron de manera paralela, en el marco de la investigación científica.

Ahora que hablamos de sostenibilidad o sustentabilidad y aceptamos que la operación de dichos vocablos ya no puede seguir adscrita exclusivamente a lo ambiental, es preciso, en primer lugar, reconocer los saberes o los ámbitos que harán posible pensar en investigaciones de carácter interdisciplinar. Una vez señalados y acordados dichos campos de conocimiento, habrá que acordar las categorías conceptuales que harán posible que dichos ámbitos del saber científico aporten a la explicación y  comprensión de fenómenos y hechos  que devienen complejos porque son el fruto o el resultado del accionar de una especie compleja como lo es el ser humano.

Por ahora, señalo a la Ciencia Política como uno de los ámbitos que harían posible pensar en ejercicios de observación e investigación interdisciplinar, y por esa vía, dar vida a aquello que hoy llamamos sustentabilidad, o en el contexto del desarrollo, de un desarrollo sostenible o sustentable. Y para la operatividad de dicha ciencia, propongo dos conceptos claves: gobernabilidad y gobernanza, que comprometen al Estado, en sus órdenes local, regional y nacional y al ejercicio mismo de la Política y a su carácter público. Todo lo anterior, en el marco de un proceso de globalización económica, que deviene claramente con una apuesta de estandarización cultural desde Occidente.

Igualmente, señalo a la Economía como campo en el que converge no solo la Política, sino la operación más o menos autónoma de los Estados cuando particulares gobiernos toman decisiones de política económica amparadas éstas en las “recomendaciones”, “recetas”  o “imposiciones” de organismos multilaterales como el FMI y el BM, entre otros.

Para el campo de la Economía, propongo tres categorías claves para provocar la discusión alrededor del desarrollo sostenible o sustentable: crecimiento económico, desarrollo y control fiscal. Y para el campo en el que confluyen las ciencias sociales y  los estudios culturales, propongo las siguientes categorías: procesos civilizatorios, ciudadanía y orden social

Estas categorías entran en juego cuando se asumen ejercicios de observación, explicación, caracterización y valoración de socio ecosistemas ubicados geográficamente y anclados territorialmente a lógicas en las que confluyen las de los propios ecosistemas naturales y  las prácticas culturales que específicos pueblos o comunidades exhiben históricamente. Eso sí, para cualquier ejercicio de investigación o discusión interdisciplinar alrededor de lo que debe ser o puede ser una Región Sostenible, debe haber acuerdos alrededor sobre la universalidad de cada una de las categorías propuestas aquí, además de los métodos de observación, análisis y clasificación que se diseñen para, a través de estudios de caso, evaluar cuán sustentable puede llegar a ser un socio ecosistema cuando los servicios ecosistémicos están en crisis, por agotamiento o por las transformaciones allegadas por el Cambio Climático.

Sobre la interdisciplinariedad

La interdisciplinariedad se entiende aquí en este documento como una postura y una actitud académica que no es exclusiva del mundo de la academia, sino que por el contrario, el individuo, ciudadano-estudiante o investigador encuentra y define conexiones entre variables, factores, fenómenos y situaciones humanas complejas que ameritan, para su explicación científica y no científica, del concurso de varios campos del saber, disciplinas  e incluso, de experiencias, discursos, saberes y circunstancias propias de contextos culturales en los que dichos fenómenos se dan y que pueden resultar cercanos o no a las vidas de los ciudadanos, sean estos o no docentes investigadores.
Actuar de manera interdisciplinar debe ser el resultado de un proceso vivencial en el que el individuo observa de manera sistémica -y sistemática- asuntos, problemas o situaciones  que pueden ser cotidianas o fruto de coyunturas en las que reposan  nuevos problemas u objetos de observación e investigación, así como situaciones que ameritan explicaciones para establecer, a partir de allí, complejos ejercicios comprensivos.

De esta manera, la interdisciplinariedad, antes de verse como un asunto exclusivamente epistemológico, metodológico y de objetos de estudio y de investigación definidos de manera consensuada en el contexto académico y científico, debe entenderse como una práctica del pensamiento  complejo, sistémico y holístico, conectada a una actitud humana a través de la cual se hacen preguntas, se interroga a la realidad, a sus hechos constitutivos y se le cuestiona de manera decisiva. Es decir, subsiste a la interdisciplinariedad un asunto actitudinal en la que las personas involucradas en la formación y en la discusión del concepto de lo interdisciplinar, lo reconocen así en tanto asumen posturas abiertas y esperadamente críticas y relacionales, a partir de las cuales se recorren caminos comprensivos de hechos y fenómenos llamativos y problemáticos para la condición humana.

Existen varios niveles en los que se espera que suceda la interdisciplinariedad. En un primer nivel hallamos la interdisciplinariedad auto concebida, es decir, aquella en la que el individuo, ciudadano o investigador de manera casi natural hace lectura cruzada y transversal de los problemas, asuntos o fenómenos que llaman su atención y que bien merecen explicarse. Puede ser que en este nivel ese ciudadano investigador  se proporcione él mismo explicaciones, lo que pone en marcha un diálogo intrapersonal, consigo mismo.

Diálogo intra personal que por supuesto tiene elementos actitudinales (ideológicos) que hacen que la interdisciplina dinamice los procesos de enseñanza-aprendizaje y de aprender- aprender así como aquellos de mera observación del entorno, en los que resulta estratégico hacer miradas cruzadas entre factores, fenómenos, actores y agentes que de manera directa e indirecta confluyen en los problemas o los crean.  

El segundo nivel en el que la interdisciplinariedad es posible es el inter personal, en el que un ciudadano o investigador pone en común con otros, perspectivas de análisis, preguntas y cuestionamientos alrededor de asuntos problemáticos que llaman su atención y la de los demás interlocutores. Allí el diálogo adquiere un estatus complejo en la medida en que aparecen elementos que en el intrapersonal no aparecen: diversidad de discursos, de posturas, de maneras de interpretar, vivencias, y por supuesto, la formación académica y la experiencia investigativa de quienes acuden al encuentro dialógico.

Un tercer nivel en el que la interdisciplinariedad es posible es el inter grupal, asociada su existencia a los encuentros entre grupos de personas en los que es posible reconocer una cotidianidad y una permanencia en los encuentros dialógicos. En este nivel, por supuesto, se reconocen y cobran sentido las prácticas dialógicas entre académicos y profesores investigadores de disímiles saberes y disciplinas, interesados en ser capaces de abandonar el cómodo lugar de la disciplina en la que actúa, y hacer aún más compleja su propia existencia y su quehacer académico y profesional.


Esta propuesta de clasificación tiene la pretensión de asumir la formación interdisciplinar, en adelante, como un proceso formativo en el que resulta de vital importancia reconocer que existe un sujeto, un individuo, un ciudadano y por supuesto, un investigador, con vivencias y con experiencias que pueden constituirse como ejercicios analíticos, explicativos y comprensivos con características interdisciplinares, resultantes de encuentros intra, interpersonales  e intergrupales. Todos, atravesados por los usos particulares del lenguaje (lengua), lo que sin duda aparece como urgente y necesaria la puesta en común de esos lenguajes, así como la construcción consensuada de un lenguaje interdisciplinar particular para cada fenómeno, hecho u objeto de estudio que llama la atención o sobre el cual es prioridad asumirlo como un problema social de investigación.


Imagen tomada de comunidadplanetaazul.com

miércoles, 16 de agosto de 2017

Pensar Regiones Sostenibles

Por Germán Ayala Osorio, estudiante del Doctorado en Regiones Sostenibles[1]

Colombia enfrenta, desde ya, dos retos mayúsculos: el primero, lograr condiciones que le aseguren niveles aceptables de sostenibilidad socio ambiental en ciudades y en sectores rurales, y en segundo lugar, y como correlato del primer reto, consolidar escenarios de Paz y ojalá, de posconflicto, entendido este último como un escenario de transformación cultural profunda[2]. Estos dos desafíos se entrecruzan desde diferentes ámbitos, en particular en el Regional, dadas las visiones y las acciones de desarrollo emprendidas en regiones y territorios que aún conservan valiosos ecosistemas naturales y que están en camino de consolidar procesos civilizatorios en ecosistemas humanos golpeados por el conflicto armado interno, la presencia no homogénea del Estado, por problemas de convivencia, por factores propios de la economía ilegal y el actuar de grupos armados organizados (GAO) y neo paramilitares[3].

Aunque se comparta una idea generalizada de desarrollismo, el desarrollo desigual de las regiones en el país da cuenta de procesos no homogéneos de construcción de Estado, sociedad y mercado, triada fundamental para comprender  el orden social  y las acciones que se puedan emprender para pensar, diseñar e implementar regiones sostenibles.

La sostenibilidad, desde la perspectiva del enfoque sistémico, permite la confluencia y la convergencia entre ecosistemas naturales y ecosistemas sociales integrados en diferentes escalas (local, nacional y global), históricamente desligados, por el no acercamiento de disciplinas, por un lado, y saberes que apenas hoy  intentan conectarse a través de lo que se conoce como la interdisciplinariedad; y por el otro lado, de políticas socio económicas fallidas o con impactos negativos.

De allí que al hablar de regiones sostenibles, de inmediato hay que poner en operación las variables y los criterios que entran a jugar para dar cuenta de una pretensión y anhelo de un país que no ha sabido administrar ni aprovechar, racionalmente, los recursos de una biodiversidad que se mantiene en pie a pesar de procesos de intervención, transformación y sometimiento de valiosos ecosistemas naturales, cuyos servicios ecosistémicos, en muchos casos, están bajo amenaza por la presión y la injerencia de corporaciones, políticas estatales y usos indebidos por parte de grupos comunitarios.

Pensar Regiones Sostenibles es un ejercicio político, académico, económico y cultural de gran envergadura. No se trata simplemente de invocar la interdisciplinariedad con la que se pretende romper el paradigma que hizo posible desconectar, desde el pensamiento y el ejercicio de la Escuela, la compleja presencia, el devenir del ser humano y el lugar que alcanzó como especie dominante, dentro de lo que se conoce como la cadena trófica. 

Así entonces, subsiste la necesidad de establecer criterios de análisis que, en perspectiva de futuro, permitan pensar la sostenibilidad regional como el camino para transformar o mejorar las relaciones entre el ser humano y la Naturaleza, en especial en aquellos entornos urbanos que superaron con creces los límites de resiliencia de valiosos y estratégicos ecosistemas naturales.

Un primer criterio que se propone para pensar, modelar y quizás establecer Regiones Sostenibles hace referencia a la historia pasada, reciente y actual de las formas relacionales que dentro de una determinada Región se establecieron entre el Estado, la sociedad y el mercado. Esa historicidad deberá dar pistas y patrones comportamentales de los diferentes actores y factores de poder que, asociados a cada uno de aquellos tres estadios (E-S-M), facilitaron, bajo una idea más o menos consensuada de desarrollo y progreso, la transformación de ecosistemas naturales, territorios y paisajes naturales.

Un segundo criterio guarda estrecha relación con la caracterización de los actores de poder que dentro, o fuera del Establecimiento, coadyuvaron a la construcción o de-construcción de lo Público, categoría clave para entender las relaciones establecidas entre el ser  humano y la Naturaleza. En este punto es importante establecer qué tipos de poderes y contrapoderes se establecieron en determinada región[4], y qué tipo de actividades antrópicas y sus efectos, negativos y positivos, se produjeron en determinados ecosistemas naturales.

Un tercer criterio tiene que ver con la caracterización de los ecosistemas naturales intervenidos por las acciones antrópicas, alrededor de su vocación, las condiciones geofísicas, morfológicas, climáticas y las relacionadas con la integridad ecológica. Con dicha información, se pueden facilitar las acciones de mitigación y cambios en la orientación del tipo de desarrollo regional a conocer.

Un cuarto criterio se asocia con la periodización de los procesos de transformación de los ecosistemas naturales de la región definida, estableciendo cortes sincrónicos que permitan en el tiempo establecer patrones de comportamiento, cambios sustanciales y estructurales en ecosistemas, en la calidad de los servicios ecosistémicos que prestó, presta o podría prestar.

Y un quinto criterio está definido por la ética ambiental que emerge de la actual coyuntura socio ambiental, elevada y considerada por Enrique Leff y otros, como una profunda crisis civilizatoria en la que se ven comprometidas las racionalidades científicas, economicistas y ambientales sobre las que aún se soporta el actual modelo de desarrollo y las prácticas extractivas que en particular permiten distinguir al caso colombiano.

Con todo lo anterior, y en medio de los dos retos que debe asumir el Estado y la sociedad colombianas, pensar Regiones Sostenibles se erige como una condición necesaria en la que es posible anclar aquello de la sostenibilidad socio ambiental y la consolidación de paz y posconflicto, en un país cuya élite supo aprovecharse de las diferencias regionales (artificiales y naturales), para justificar su incapacidad para liderar la construcción de Nación, y la consolidación de un Estado moderno capaz de copar todo el territorio y erigirse como un orden moralmente superior a sus ciudadanos, a través de la eficacia que le corresponde como símbolo de poder (eficacia simbólica).

Si los criterios aquí planteados se aceptan, la tarea que sigue es hacerlos operacionales en contextos específicos, es decir, en Regiones establecidas “arbitrariamente”, de acuerdo con  unos o varios  problemas a resolver, a analizar o comprender. 


Imagen del ministerio minambiente.gov.co


[1] Doctorado de corte interdisciplinar ofrecido por la Universidad Autónoma de Occidente de Cali.
[2] Especialmente, por la consolidación de una institucionalidad estatal y privada soportada en un ethos mafioso; también por los efectos negativos que dejó un largo conflicto armado interno y las políticas económicas adoptadas en los años 90.
[3] Grupos de paramilitares que sin el liderazgo político de los anteriores líderes de las AUC, actúan para ocupar los territorios dejados por las Farc, hacerse con el negocio del tráfico de drogas y prestar “servicios sicariales” a empresarios del campo y otros agentes, interesados en evitar el resurgimiento de movimientos sociales con vocación de poder. Esto explicaría el asesinato de líderes sociales, reclamantes de tierras, defensores de DDHH y del medio ambiente.
[4] Aunque se trata de un término polisémico, para efectos de este documento, el concepto de Región estará circunscripto a las necesidades del observador-investigador, quien deberá trazar los límites y el tipo de conexiones que se dieron o que se puedan dar entre espacios geográficos, de los que hacen parte el paisaje (invención social), el territorio, las territorialidades, subregiones, lugares y entornos. 

martes, 15 de agosto de 2017

ELEMENTOS PARA PENSAR REGIONES SOSTENIBLES

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Cualquier actividad, ejercicio académico, científico y/o político que se emprenda para tratar de comprender o explicar fenómenos y hechos socio ambientales, debe pasar, inexorablemente, por el tamiz correlacional que se dibuja cuando expresamos la triada Estado- Sociedad- Mercado.  En esa misma medida, el ejercicio de pensar, diseñar y hasta soñar Regiones Sostenibles debe pasar por todo tipo de reflexiones, investigaciones, análisis y cuestionamientos alrededor de las formas como operan las relaciones entre los componentes de la señalada triada,  así como el carácter, el funcionamiento, el devenir y los alcances, entre otros, del Estado, de la Sociedad y del Mercado.  

Para el primero, debemos reconocer su espíritu, su carácter, eficacia simbólica[1] y situación simbólica[2] con la que  se definen, en buena medida, sus maneras de operar como un tipo de orden legítimo y viable. La tarea que se desprende de inmediato es auscultar la institucionalidad estatal que deviene histórica, pero en buena medida también coyuntural dadas los vertiginosos cambios culturales que viene experimentando la sociedad sobre la que opera, con el objetivo de  controlarla, someterla, guiarla y/o acompañarla en el largo proceso civilizatorio que “justifica” y explica la relación binaria Estado-sociedad. Para el caso de las Regiones Sostenibles, es clave revisar las políticas ambientales y advertir si como orden perenne, el Estado colombiano logró, en el tiempo, tener, ofrecer, aplicar y consolidar una política ambiental capaz de integrar los discursos hegemónicos del desarrollo y el progreso, en aras no solo de dar cumplimiento a compromisos ambientales adquiridos, sino para garantizar la sostenibilidad de los ecosistemas naturales y sociales que comparten sus dinámicas en un mismo espacio geográfico (natural).

Es claro, entonces, que varios elementos y circunstancias se congregan alrededor de esas institucionalidades que hacen parte de la triada Estado-Sociedad- Mercado; y   con ellas  mismas, se buscan explicaciones y se emprenden acciones conducentes a comprender, evitar o mitigar eventos, hechos o fenómenos socio ambientales.  Dentro de esos elementos aparecen la fortaleza institucional, la coherencia diferenciada de los partidos políticos, la cultura política expresada en las urnas, los grupos de poder hegemónico (élites tradicionales, por ejemplo), o “nuevos” que por específicas coyunturas político-electoral hayan alcanzado el poder político estatal y finalmente, los niveles de expresión de lo que llamo aquí un Estado análogo[3].

En cuanto a la Sociedad, señalo como elemento clave para evaluar el funcionamiento y el devenir de la agregación amorfa de individuos y ciudadanos que la constituye, a la cultura dominante y al juego que esta le permite, el lugar que le ha cedido o los beneficios políticos que le aseguran las expresiones y prácticas culturales de lo que varios autores llaman la poscultura. El consumo, la reproducción humana, el individualismo y el antropocentrismo, entre otros elementos, deben mirarse y tenerse en cuenta a la hora de pensar y discutir modelos de regiones sostenibles, soportadas claro está, en una visión sistémica integradora de la vida social, con los ecosistemas naturales.    

Y en lo que refiere al Mercado, señalo como principal característica la producción y la reproducción del capital como objetivo estratégico que hace confluir de un lado, las aspiraciones, deseos y las propias incertidumbres de los ciudadanos presos de lo que les ofrece la poscultura y del otro lado, somete la política y  la institucionalidad estatal al designios de una globalización económica que urge la eliminación de obstáculos, de fronteras y de quimeras como la defensa de la soberanía estatal y popular y por ese camino, el aprovechamiento sin límites, de los recursos naturales y de los servicios ecosistémicos que prestan valiosos y estratégicos ecosistemas.   

Así entonces, pensar y diseñar regiones sostenibles implica de manera clara, la exposición y quizás la disección de cada uno de los componentes de la triada Estado-Sociedad- Mercado. Esta reflexión continúa.




Imagen tomada de ecologiaverde.com


[1] Refiero a la confianza que el Estado genera como actor político en determinados grupos sociales. Para el caso colombiano, propongo, para un análisis crítico  de su funcionamiento y de su eficacia simbólica, la nomenclatura Estado Asimbólico: http://germanayalaosoriolaotratribuna.blogspot.com.co/2017/08/colombia-un-estado-asimbolico.html

[2] Refiero como situación simbólica al momento que vive el Estado como estructura de poner y dominación, en relación con las formas representacionales de sus asociados construyen y comparten alrededor de la legitimidad de su operación, la legalidad de las decisiones adoptadas en particulares instituciones o agentes estatales y en general, de lo que como símbolo de unidad política y faro moral proyecta en los ciudadanos que de manera “natural” han aceptado su autoridad.
[3] Refiero con Estado análogo a esa institucionalidad estatal que si bien cumpliría las mismas y originales funciones políticas y territoriales del Estado, su finalidad sería el diferenciador del Estado. 

jueves, 10 de agosto de 2017

Colombia: un Estado Asimbólico

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El contenido de este texto busca reacciones en los lectores, alrededor de la categoría Estado Asimbólico que se propone para evaluar la acción estatal (histórica) del Estado colombiano. Así entonces, espero los comentarios que a bien tengan hacer aquellas personas que decidan dedicar tiempo a leer este artículo.

Un Estado se considera Asimbólico cuando, por su débil institucionalidad, es incapaz de regular,  guiar y enfocar la vida de quienes comparten un territorio sobre el que teleológicamente busca dar sentido a ideas políticas como soberanía popular y estatal, y moralidad pública; y lograr, en un proceso histórico continuo y vigilado, una esperada e imaginada unidad nacional.

Un Estado se considera Asimbólico porque a lo largo de su historia, la estructura de poder que lo soporta y las correlaciones de fuerza que lo visibilizan y perpetúan,  permitieron la consolidación de negativas representaciones sociales (RS) de sus asociados, que terminaron en el debilitamiento de su imagen como orden viable, legítimo y justo. Su incapacidad e “insolvencia” simbólica es resultante del desgaste que sufrió su institucionalidad estatal por las acciones y prácticas asociadas al clientelismo, a las de un entronizado ethos mafioso y a la corrupción público-privada que poco a poco minaron la confianza de la ciudadanía, hasta deslegitimar su operación e intervención a través de políticas públicas y por supuesto, a través del uso del poder coercitivo, del uso legítimo de la fuerza, de la imposición de gravámenes y del imperio de la ley.

Lo que sucede con el Estado en lo que corresponde a la función simbólica que le precede, es que ésta, una vez debilitada por la circulación y entronización de las negativas representaciones sociales (RS)  construidas y  de-construidas por los  ciudadanos y las que terminan interiorizándose  en  quienes sobrellevan la institucionalidad estatal, esto es, el Presidente de la República y otros funcionarios de elección popular y en general de la burocracia estatal, es que pierde credibilidad, legitimidad y anima el incumplimiento de la ley, la inmoralidad pública, así como el irrespeto a las instituciones estatales y la consecuente violación de la confianza ciudadana.

Un Estado mantiene intacta o pierde su condición de símbolo de poder y dominación a lo largo de la historia y  de acuerdo con las formas como se resolvieron los conflictos, las luchas y las guerras que se suscitaron durante su proceso de consolidación. Todo lo anterior, asociado, por supuesto, a las prácticas culturales y al fortalecimiento de actores de poder interesados, en primer lugar, en construir Estado a partir de su aceptación como necesidad para superar estadios de violencia e inmanejables incertidumbres sociales y espirituales; y en segundo lugar, esos mismos u otros actores de poder (de la sociedad civil, especialmente), proclives a través del tiempo a “hacerse” con el Estado para orientar o reorientar los objetivos compartidos universalmente sobre su función, operación y fines políticos.

El carácter más o menos espectral con el que históricamente el Estado opere, le irá asegurando la condición asimbólica en la medida en que la sociedad civil y la sociedad en general toman decisiones más acordes con intereses particulares y de acuerdo con los frutos que dejen las “negociaciones”, coaliciones, recomposición del poder y consensos logrados entre sectores de poder (élites del llamado Establecimiento) interesados más en consolidar un tipo de Estado sectorial o regionalmente fuerte (privatizado), al tiempo que aseguran su debilidad para ejercer completo  dominio del territorio administrativa y políticamente reconocido.

Para el caso de Colombia, el Estado es Asimbólico porque de tiempo atrás su inacción, su débil respuesta a las demandas sentidas de la sociedad, en especial a los más vulnerables, su no presencia, o por el contrario, su presencia no heterogénea en el territorio nacional, permitió y permite aún que  dicha nomenclatura, concepto y categoría haya perdido anclaje político, social y económico, lo que paulatinamente debilitó su capacidad de mantenerse y erigirse como  un símbolo de unidad identitaria y territorial sobre el que recae la enorme responsabilidad política de convertirse en un faro moral para sus asociados. 

La condición asimbólica del Estado colombiano puede tener origen en el incumplimiento de los tres monopolios modernos, universalmente aceptados: renta, fuerza o violencia y justicia. Pero digamos que esa no sería la única fuente determinadora de esa condición. Su carácter espectral con el que se presenta a lo largo y ancho del territorio nacional, anima, produce, reproduce, legitima y valida acciones y actores paraestatales que pueden ser legales o ilegales. Quizás, entonces, su sombría o fantasmagórica figura sea la fuente más clara de donde viene la condición asimbólica que se le puede endilgar al Estado colombiano.

De esa manera, la función simbólica del Estado recae no solo en quien funge como Presidente de la República, sino en cada uno de los funcionarios públicos que llevan a cuesta la representación del Estado como una forma de dominación en la que el uso de legítimo de la fuerza, la intimidación y la coerción, se aceptan a través de tres caminos: el primero, a través de la  aceptación natural por parte de cada uno de los asociados que nacen, reconocen las circunstancias regladas, se comprometen a respetarlas y promueven su perpetuación a través del ejemplo; el segundo, a través de la aceptación expresa de su autoridad por parte de ciudadanos que confían y reclaman del Estado su condición perenne. Y el tercero, a través de la imposición a través de acciones violentas que tienen un carácter ejemplarizante y persuasivo para aquellos grupos humanos o sectores de poder particular que retan o cuestionan la autoridad y la legitimidad estatal. Para el caso colombiano, dichas acciones disciplinantes y ejemplarizantes se enmarcaron en la lucha contra los grupos de bandoleros y las otras denominaciones en el contexto de la violencia política de los años 40 y 50, y posteriormente, el enfrentamiento estatal contra las agrupaciones subversivas que surgieron en los años 60.

Al revisar el contenido de la Constitución Política de Colombia (1991) se encuentra el carácter simbólico del Estado, en particular cuando en el Título VII, de la Rama Ejecutiva, Capítulo I del Presidente de la República, se lee: “Artículo 188. El Presidente de la República simboliza la unidad nacional y al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos”.

La disquisición alrededor de si el Estado colombiano es símbolo de poder, o si por el contrario su accionar en lo público hace pensar en que su poder es estratégicamente simbólico, no solo confirma su naturaleza simbólica como un tipo de orden, sino que advierte que el Presidente,  como máxima autoridad moral y administrativa, entra de manera obligada en un proceso de consolidación del  Estado, en su calidad de Jefe de Estado, como símbolo de unidad nacional. De esta manera,  la condición o el carácter simbólico del Estado bien pueden debilitarse o consolidarse de acuerdo con las valoraciones que de la gestión del Presidente hagan los ciudadanos y actores de la sociedad civil, incluyendo por supuesto a los partidos políticos. 


Con todo lo anterior, y si seguimos a Fernán González cuando señala que Colombia es un Estado en formación, podemos colegir que hemos construido, de disímiles maneras, o por específicas circunstancias, un Estado Asimbólico, hecho que hace aún más complejo el ejercicio de erigirse como un orden justo, defendible, viable y legítimo.



Imagen tomada de banderadecolombia.net



martes, 1 de agosto de 2017

LOS ERRORES

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

La crisis institucional que afronta hoy el régimen de Maduro y que sufre una buena parte del pueblo venezolano obedece, fundamentalmente, a crasos errores cometidos por quienes lideraron en el pasado lo que llaman el “socialismo del siglo XXI” y aquellos que creyeron, como Nicolás Maduro, que podrían dar continuidad al proyecto político orientado por Hugo Rafael Chávez Frías[1].

El primer error que comete Nicolás Maduro es el de haber dedicado mucho tiempo a imitar,  a parecerse a Chávez y a mantener viva la imagen del desaparecido Mesías, dejando de lado la imperiosa tarea de consolidar una institucionalidad socialista capaz de afrontar el desafío político y social de una Oposición que con el tiempo se hizo fuerte, porque supo encontrar fisuras institucionales, pero sobre todo, vacíos y errores en la implementación de un régimen político y económico que requiere de un gran compromiso y convergencia social, pero sobre todo, de grados de eficiencia, efectividad y eficacia, en especial en lo que tiene que ver con mantener las cadenas de distribución de alimentos y por esa vía, cerrar las puertas a la indignación y a la resistencia que produjo en sectores sociales (clase media) la existencia de problemas con el abastecimiento de víveres y elementos de primera necesidad.

El equívoco de Maduro estuvo en intentar gobernar a Venezuela soportando el enorme peso simbólico de la imagen y el liderazgo de Chávez Frías, con el agravante de no haber apuntalado instituciones capaces de mantener el aprecio colectivo por las reivindicaciones sociales e identitarias que Chávez logró para unas mayorías atormentadas por la pobreza, pero sobre todo, afligidas por el desprecio de miembros de una élite política y económica “blanca” que históricamente los desconoció como ciudadanos y beneficiarios de la renta petrolera.

El no haber sabido constituir instituciones fuertes y una institucionalidad eficiente para atender las demandas sentidas de la población, le dio enormes posibilidades a una Oposición que no solo supo ver y aprovechar los errores y las fisuras institucionales, sino que aprovechó muy bien el pobre liderazgo que ejerció y ejerce aún ese mal imitador de Chávez que se llama Nicolás Maduro.

Mientras que Chávez buscó reivindicar la vida de los más miserables, su proyecto socialista desoyó a una clase media y alta que a pesar de que se quedó en el país, jamás fue convencida o atraída por un proyecto socialista que decidió focalizar su acción política, social, económica e ideológica, en una porción importante de la población, al tiempo que despreciaba las aspiraciones de quienes por largo tiempo vivieron de la renta petrolera o hacían parte de las redes clientelares y de corrupción política que por años dominaron en Venezuela.

Al final, los líderes del experimento socialista venezolano confiaron demasiado en la imagen del líder mesiánico, en su permanencia como símbolo de unidad, aún después de muerto, al tiempo que consolidaron un brutal y temeroso aparato represivo(policial y militar), el mismo que  hoy soporta, políticamente,  la aventura de cambiar un ordenamiento jurídico-político ganado a pulso en pasadas y masivas contiendas electorales, a través de una Constituyente que nace del desespero por no haber consolidado años atrás la institucionalidad socialista suficiente sobre la cual soportar el cambio de modelo de Estado, en lo económico, en lo político y en lo social.

Ojalá que lo que aconteció, acontece y acontecerá en Venezuela sirva de lección para quienes desde la izquierda[2] colombiana insisten en instaurar aquí el viejo modelo socialista soviético. De un lado, aprender a crear y consolidar instituciones fuertes y eficientes y una institucionalidad que arrope las expectativas de vida de las grandes mayorías, sobre la base de un ethos que se diferencie del que agenció el antiguo régimen. Poco se gana al desmontar un régimen oprobioso y corrupto, si quienes lideran el cambio arrastran un ethos mafioso que quizás supera, en daño y perversidad, al que se quiere desmontar y proscribir a través de la instalación de un nuevo régimen, en este caso, el socialismo del siglo XXI.  De otro lado, queda la lección de que los Mesías resultan perjudiciales, en la medida en que se erigen como el principal obstáculo para consolidar instituciones fuertes, legítimas y eficientes, de cara al enorme desafío que trae mitigar o acabar con la pobreza estructural en la que se encuentran atrapados millones de colombianos.



Imagen tomada de 20minutos.es

Entradas populares

Páginas vistas en total

Etiquetas