NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.
Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

viernes, 22 de septiembre de 2017

El monocultivo de la caña de azúcar


Por Germán Ayala Osorio, estudiante del Doctorado en Regiones Sostenibles[1]

En una columna anterior señalé que el monocultivo, como experiencia agrícola, constituye una acción transformadora económicamente rentable, para unos pocos, y por eso, viable y quizás perenne en el tiempo;  en cuanto a lo social, el monocultivo resulta controvertible y controvertido en la medida en que genera y exacerba conflictos sociales; y desde una perspectiva ambiental, esa misma práctica y experiencia agrícola resulta evidentemente “no ecosistémica”, dado que el mismo monocultivo deviene con un carácter artificial[2], con el que se invalidan relaciones y conexiones consustanciales y valiosas.  

Ahora, en este texto, vuelvo sobre el mismo asunto, pero esta vez particularizando en el cultivo de la caña de azúcar. Sobre esta gramínea señalo que es la negación de lo ambiental desde una perspectiva socio-ecosistémica. Es decir, este monocultivo es una “deformidad paisajística” en la medida en que enrarece el goce visual, haciendo que quien recorre en vehículo el Valle del Cauca, encuentra un paisaje, desde el punto de vista mental, agotador y fatigante para quien busca variedad o está acostumbrado al  deleite de paisajes variados en los que “conviven” biomas,  y diversidad de cultivos;  así mismo, la plantación de caña de azúcar es un particular sistema emergente (artificial), que se yuxtapone  a las relaciones, conexiones e identidades que fluían funcional y estéticamente dentro de territorios ocupados desde otras lógicas y símbolos.

Ahora bien, como ejercicio intelectual, en esta oportunidad hago una extrapolación conceptual de la categoría del No lugar propuesta por Marc Augé, para señalar que el monocultivo de la caña de azúcar genera No lugares, en el sentido en que los territorios ocupados por esta plantación devienen profundamente ahistóricos, deshumanizados, deshumanizantes y con el enorme poder de tachar las huellas relacionales-ambientales, las identidades y la historia misma de las territorialidades que desplazó y que fueron construidas y recreadas por comunidades que, asentadas de tiempo atrás, debieron abandonar sus territorios y el sentido mismo de sus vidas, para que estos quedaran debajo del trabajo mecánico de las recolectoras de caña,  o pisoteadas por las dominadas y enajenadas pisadas de los corteros.

En las tierras y territorios que hace años ocuparon comunidades afrocolombianas e indígenas y en los que hoy solo hay caña de azúcar, brotaban territorialidades propias de un ejercicio de apropiación espacial, resultado de ejercicios simbólicos con los que el territorio lograba ser transformado y convertido en un constructo social, asociado y conectado a cosmovisiones propias de las comunidades negras y los pueblos indígenas.

Con la llegada de los ingenios azucareros y la expansión del monocultivo, se negaron y se fracturaron las territorialidades construidas históricamente, a través del despojo o procesos de compra, resultados de presiones de todo tipo.  La premisa que guiò los ejercicios de ocupación y despojo, estaba asociada a una racionalidad económica con la que se calificó como improductivos los procesos agrícolas emprendidos por dichos grupos humanos.  Con este mismo principio, se afectaron cuerpos de agua, como humedales, madres viejas y meandros, considerados como obstáculos a la idea de desarrollo sobre la que se sostenía el interés de promover ese tipo de plantación.

Digamos entonces, que la imposición de dicha racionalidad abrió el camino para la consolidación de los No Lugares de los que habla Augè.  Esto es, lugares que, vaciados de sentido simbólico comunitario, quedaron a merced de las lógicas de máximo aprovechamiento, a través de la negación, por ejemplo, de principios de rotación de cultivos y de relaciones de inmanencia.

Lo contario a un No lugar, según Augé, es el lugar de la identidad, de lo relacional y de la historia. De allí que el monocultivo de la caña de azúcar se erija, en una triple perspectiva, en un cultivo que expresa la máxima capacidad humana para fragmentar y dominar territorios  y ecosistemas que sobrevivían bajo condiciones de interacción y conexiones naturales;   en una segunda perspectiva, este monocultivo se presenta como un dispositivo socio cultural capaz de empobrecer identidades o de reducirlas a partes inconexas, que gravitan en diáspora hasta ser olvidadas por la historia oficial; y en una tercera perspectiva, la caña de azúcar constituye un paisaje artificial, homogéneo y monótono que bien puede dar cuenta de las bases ideológicas, los sentires y las formas particulares de representación del espacio, de quienes lo agenciaron y lo impusieron como una variable importante para alcanzar un determinado desarrollo económico y con éste, adentrar al país a estadios de modernización.  

En sus palabras, Augè sostiene que: “Si un lugar puede definirse como un lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como  espacio de identidad ni como relacional, ni como histórico, definirá un no lugar… la sobre modernidad es productora de no lugares, es decir, de espacios que no son en sí  lugares antropológicos y que, contrariamente a la modernidad baudeleriana, no integran los lugares antiguos: éstos, catalogados, clasificados y promovidos a la categoría de lugares de <<memoria>>… El lugar y el no lugar son más bien polaridades falsas: el primero no queda nunca completamente borrado y el segundo no se cumple nunca totalmente: son palimpsestos donde se reinscribe sin cesar el juego intricado de la identidad y de la relación[3]

La caña de azúcar, entonces, como monocultivo y los ingenios azucareros como agentes de poder económico y político, convirtieron el Valle del Cauca, por ejemplo, en un enorme palimpsesto en el que  anteriores territorialidades fueron borradas y remplazadas por otras que, a pesar de devenir empobrecidas ambiental, relacional e identitariamente, logran sobrevivir por la fuerza del capital, el debilitamiento de procesos comunitarios por el uso de la fuerza coercitiva y en varias ocasiones con el uso de la violencia.

En la historia del cultivo de la caña de azúcar se destacan elementos y circunstancias económicas, ambientales, sociales y políticas que dan cuenta del lugar que dicho cultivo fue ganando en Colombia y en particular en el Valle del Cauca. Dentro de la lógica de la historia oficial, profundamente acrítica, historiadores como Oscar Gerardo Ramos, recrean momentos de la llegada y la consolidación de la caña de azúcar, en estos términos:

 “…Al entrar el siglo XVII la cañadulce en el Nuevo Reino de Granada se había extendido por las más diversas comarcas, planicies, vallejuelos, laderas y ascendido desde la costa hasta pisos térmicos de 2.000 m… la cultura cañamelera tenía un carácter industrial, entendido como la incorporación ordenada de conocimientos agrológicos y técnicos conducentes a obtener resultados económicos debidamente contabilizados. Y lo que era también importante, los terratenientes gozaban de una inserción clara en los centros de poder político… La oferta azucarera colombiana fue de 743.974 Tn. en 1971, y aumentó casi el 49%, hasta 1.107.268, en 1979…Entre 1980 y 1988 la oferta azucarera colombiana sufrió altibajos. Apenas hubo un crecimiento agregado del 9,5%. Hacia 1989 la industria contaba con 154.402 Ha. de cañadulce, que producían 1.523.323 Tn. de edulcorante. De las primeras, 56.768 (el 36,8%) pertenecían a los 11 ingenios integrados en ASOCAÑA, y las 97.634 restantes (el 63,2%) a 995 cultivadores independientes. Con el paso del tiempo, por tanto, aumentó la proporción de tierra propiedad de estos últimos…Desde la década de 1970 se había venido quemando la caña antes de la cosecha. Como las comunidades expresaran inconformidad frente a esa práctica, particularmente en el área de Palmira, se llegó finalmente a un acuerdo entre ellas, el Ministerio del Medio Ambiente, las Corporaciones Autónomas Regionales del Valle, Cauca y Risaralda, ASOCAÑA y sus afiliados, denominado Convenio de concertación para una producción limpia con el sector azucarero que comprometía a ingenios y cañicultores a determinadas acciones de protección ecológica en períodos de tiempo razonables. Además, en 2001 se estableció por ley la oxigenación de las gasolinas con alcohol carburante en las ciudades de más de 500.000 habitantes y en sus áreas metropolitanas (Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Cartagena, Cúcuta, Bucaramanga y Pereira) … En los albores del siglo XXI hay sembradas en el Valle del Cauca 205.000 Ha. de caña para elaboración de azúcar, soporte económico y orgullo de la región. La oferta de sacarosa fue en 2003 de 2.645.833 Tn. crudas, de las que se exportaron 1.287.256. El campo está mecanizado en gran parte, las fábricas automatizadas y la administración informatizada…”[4]

Dejando de lado la historia oficialista de la caña de azúcar, su consolidación como plantación no solo modificó y transformó los frutales que describiera en su momento el cronista Pedro Cieza de León, sino que hizo que la seguridad alimentaria del departamento quedara reducida o  circunscrita a depender de otros lugares dentro de la propia comarca y por fuera de esta. Además, transformó la vida de campesinos, indígenas y población negra.

Al final, se trata de un cultivo en el que desaparece la noción de campesino. Se trata de un proceso productivo que arrastra viejas relaciones de dominación tanto de seres humanos, como de la propia naturaleza, y que deja como resultado la valoración de la tierra como un mero sustrato, y procesos de desterritorialización de aquellos grupos humanos que no pudieron soportar la fuerte presión que ejercieron los agentes de poder que rápidamente confluyeron en una industria que arrastra impagables deudas socio ecosistémicas y culturales.





Imagen tomada de www.youtube.com


[1] Universidad Autónoma de Occidente.

[3] Augé, M. Los No lugares, espacios del anonimato, una antropología de la sobremodernidad. Editorial Gedisa. 1992. P. 44-45.

[4] Ramos Gómez, Oscar G. Caña de azúcar en Colombia. Revista de Indias, 2005, vol. LXV, núm. 233 Págs. 49-78. 

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